viernes, 4 de diciembre de 2009

Historia de Dos Cerebros, Mark Gungor

EXCEPCIONAL DATO CIENTÍFICO.
No os lo perdais.
Es real por las dos partes y muy, muy, muy interesante, a parte de divertido.

miércoles, 25 de noviembre de 2009

"Je t'aime... moi non plus"



Allá por los años 70, sonaba la mencionada canción por España.

Quien más y quien menos ya la había escuchado 'de contrabando' porque, aunque Jane Birkin y Gunter Sanchs la lanzaron en el 69 (antes éste con Brigitte Bardot), aquí fue censurada por motivos obvios.

Era una de esas cosas que tenías que hacer fuera: escuchar la cancioncita dichosa y ver "El último tango en París".

Sin embargo, a mí lo que realmente me tenía desconcertada era la letra: "Te quiero, te quiero, ¡Oh, sí, te quiero!. Yo tampoco". "Como la ola irresoluta. Tú vas. Vas y vienes, entre mis riñones. Y yo te retengo". "Tú eres la ola, yo la isla desnuda." "El amor físico es un callejón sin salida. Te quiero, yo tampoco".

¡Pero qué de tonterías podían decir los mayores!
Y lo peor: las decían en todos los idiomas.

En un abrir y cerrar los ojos, crecemos y decimos las mismas estupideces.
Y lo peor: las escuchamos.

"Te deseo, pero no estoy enamorado de ti, ni creo que pueda estarlo nunca".
"Te quiero, pero no te amo".
"Te aprecio, pero no soporto a los tuyos".
"Eres muy importante para mí, después de mis padres, mis hermanos, mis cuñados, mis amigos, mis hijos...".
"Dispongo de algún tiempo para nosotros, pero estoy apurado y tengo mucho que hacer".
"Te oigo... hablas demasiado".
"Te escucho, pero no te cuento".
"Te necesito a mi lado, pero déjame solo".
"Quédate, si quieres, pero yo ya tengo que irme".
"Te apoyo, pero no puedo ayudarte".
"Te perdono, pero no olvido".
"Confío en ti, pero tengo mis secretos".

En definitiva: "Te quiero, pero no es para tanto".

A mis cuarenta y dos (ya era hora) acabo de enterarme de la verdadera traducción de "Je t'aime, moi non plus". Lo lamentable es que, hasta que una "recaba" toda la información y busca en el diccionario adecuado, solo ha escuchado lo que deseaba oír. Y la traducción ha sido tan subjetiva como simultánea.

Sin ir más lejos, "recabar" (utilizado en el párrafo anterior junto a "información"), resulta que significa "Conseguir, con ruegos y súplicas lo que se desea" y, si lo unes a un título nobiliario, también: "Pedir, reclamar algo, alegando o suponiendo un derecho".

Pero, en millones de ocasiones, "los ruegos y súplicas" no sirven para conseguir nada. Y "suponer" un derecho, solo por ostentar un título, es mucho suponer.

Por ejemplo, ser la "mujer" de alguien no es lo mismo que ser su "amiga". Ni tal palabra es sinónima de "amante", "compañera", "confidente", "cómplice", "consejera",
"asesora"... Tampoco implica merecer respeto.

Todo lo más, este cargo puede equivaler simplemente a: "ser la madre de los hijos de uno". O, a veces, ni eso. Según sean los intereses que tenga la buena señora para educarlos. Porque si no coinciden con los del padre, con los de quien realmente le importan a él o con la ética y la moral de aquellos con los que él estima conveniente que el crío se relacione, no son, en absoluto, meritorios.

Por cierto, un "meritorio" es "una persona que trabaja sin sueldo, como aprendiz o para conseguir un puesto remunerado". Por tanto, una esposa puede ser una "meritoria". Alguien que trabaja sin honorarios (de honor) para conseguir (con ruegos y súplicas) una caricia, de vez en cuando.

martes, 17 de noviembre de 2009

Hija de "medianos"



Soy "hija de medianos".

Así me gusta excusar, de alguna manera, esa particular forma de ser que tengo.

Con esto no me refiero a que mi lugar de origen sea la Comarca de los Hobbits, que tal fielmente describió J.R.R. Tolkien; sino que mi padre, Antonio, ha sido el segundo de varios hermanos y mi madre, Paula, ha ocupado el puesto entre el mayor y las dos pequeñas de la casa.

Reyes destronados.

Niños que, por muy poco tiempo, disfrutaron del privilegio de ser la alegría de la familia para que, después viniera otro a usurparles la trona.

Desconozco si esto, realmente, afecta en la formación de la personalidad, o en el modo de conducta pero siempre se suele hablar, con cierta lástima, sobre los niños sandwiches.

Papá, por ejemplo, suele ser descrito, por toda la familia, como un tío raro. "El capitán araña que a todos embarca y, al final, falla" _dice el tío Pepe_. "Ya habló Don Perfecto" _se quejaba el abuelo, su propio padre.

Su hermano mayor era el ojito derecho de papito y, el que le seguía, el niño de mamá y por si fuéramos pocos, parió la abuela (y nunca mejor dicho) la niña bonita. La de la discordia.

Cuando 'mami' vino al mundo, ya reinaba el hombre de la casa, el tío Luis. Después la tía Manuela conquistó a papi y, años más tarde, la tía Carmen era motivo para que la abuela Victoria, su madre, se inflara como un globo aerostático, al hablar de ella.

¿Y cuándo hablaba de sus yernos?. Resultaba cómico escucharle recitar: "A mí me gusta el nombre de 'Pepe', porque los labios se unen al pronunciarlo. Pero al decir 'Antonio', ni se tocan".

Me he hartado de intentar excusar su manera de comportarse. De chillarle (sí, de vez en cuando, a mí también me cuesta comprender su actitud) y de tratar de describir, al mundo entero, lo maravilloso que es mi padre. Si alguien no ha tenido el gusto de pararse, durante unos segundos, a comprenderlo y a conocerlo, siento lástima infinita por él. Se ha perdido un buen bocado.

Uno de sus mayores retos en la vida fue enseñarnos a comportarnos con humildad: "Humildad, hijas mías. Sed humildes ante todo".

Con respecto a mi madre, no había mayor virtud en la mujer que la de la discreción. Por tanto, nos aconsejaba siempre, pasar desapercibidas en la medida de lo posible: "No respondas si nadie te ha preguntado, nena, que quien mucho habla, mucho peca y tú 'pecas' demasiado"; "No preguntes, si alguien quiere que sepas algo, ya te lo contarán".

Sinceramente, no creo que la humildad me haya conferido grandes logros en mi vida. En absoluto, lo único que ha hecho ha sido empeorar las cosas. Las personas no suelen tomarte por humilde, sino por idiota. Y de un cretino se suele abusar.

Con respecto a lo de "no pecar demasiado", me confieso una cotorra, en el más amplio significado de la palabra. Lo que no digo, me lo digo encima. ¿Qué le voy a hacer?. Y sí, la verdad, es que mi madre tenía toda la razón con respecto a esto de la discreción. Hay relaciones (familia, amigos, compañeros de trabajo) que tienen problemas de comunicación pero también las hay que tienen muchos problemas por exceso de comunicación.

Me siento totalmente integrada en este último grupo.

Doy demasiada información. Sobre todo, al enemigo.

Así que, si estáis dispuestas a ser 'ampliamente' comunicadas e informadas, sed bienvenidas a mi club: El club de las mujeres TAN TRANSPARENTES que son atropelladas con facilidad. Más que nada por aquello de no ser vistas.

miércoles, 3 de junio de 2009

Hasta luego, Curro


Cuando tenía cuatro años, un día mi madre me llevó a la consulta de un otorrino.

Me dolía mucho el oído.

Yo recordaba haberme introducido un trozo de goma de borrar, solo porque había visto a otros compañeros de colegio, que cuando padecían de lo mismo, llevaban en el interior un algodón; y, a falta de pan, buenas eran tortas.

Sí. De pequeños solemos hacer esas locuras. Y es curioso que, por unos u otros motivos, la cara de una persona permanezca en tu memoria, imborrable. Como si se hubiera quedado a vivir en tu retina para siempre.

Cuando entré, había un retrato antiguo de aquel señor. Me quedé observándolo. Era el mismo. Quizá con un poco más de pelo y más oscuro, pero era él, no cabía la menor duda.

Una señora posaba en una foto con dos niños descalzos. Un rubito, de aspecto angelical y otro gordito, algo menor, muy gracioso; que no sabía uno si se iba a echar a llorar o a mondarse de la risa.

Eso mismo me pasó a mí, cuando aquel serio doctor me invitó a sentarme en una silla metálica que se me antojó más de tortura, que de cura. Pero mamá me había chantajeado con comprarme un juguetito si me portaba bien y, tras hurgar en mi oreja con unas pinzas enormes, aquel señor (¡gran mago!) extrajo de mi oreja un papel de periódico hecho una bola arrugada y sucia.

Años más tarde (diecinueve más) resulta que me enamoré como una boba de aquel gordito gracioso y aquel médico llegó a tener nombre y apellidos para mí.

Francisco. Francisco Lázaro Verdier. Por todos conocido como Curro.

La silla metálica no era tan grande como la recordaba, ni tan aterradora. Pero allí seguían su retrato y aquel marco con la fotografía en blanco y negro.

Y el destino quiso que aquella niña asustada viviera el crepúsculo de la vida del otorrinolaringólogo.

Hace apenas unos días, mi marido (su hijo Jaime) preparando el funeral de su padre, escribió unas cuantas líneas en un folio para entregársela al cura que iba a oficiar la misa.

Las lágrimas que, hasta aquel momento, se habían vertido, mejilla abajo, silenciosamente, se convirtieron en un escandaloso raudal. ¡Qué triste que una vida entera pueda resumirse en poco más de tres párrafos!

"Curro nació en Madrid, siendo el segundo de cuatro hermanos: Pilar, María Luisa y Manuel. Cursó el bachillerato en el colegio de los Jesuitas y, a continuación, estudió la carrera de medicina, ejerciendo esta profesión hasta algunos años después de su jubilación".

"Se casó en 1956 con Pilar Aznar y tuvieron tres hijos. Uno, fallecido al poco de nacer, Francisco María y", (los dos que aparecían en aquella imagen decolorida): "Francisco José y Jaime".

"Estos le dieron dos nietos que repitieron el nombre de sus padres" (según manda la tradición. Y es que Curro era un hombre de firmes creencias y convicciones y algo aprenderían de él los niños de sus ojos)

"Fue un hombre muy trabajador".

A su espalda se echó "largas jornadas, que comenzaban a las 8 de la mañana y finalizaban a las 8 de la noche. Pasaba consulta, igualmente, en Lavapies, cuya clientela era gente de pocos recursos y apenas le daba beneficios, pero a la que no quiso desatender, quizás por recuerdo a su padre que la inició y falleció, inesperadamente nada más terminar la carrera Francisco, por lo que no tuvieron ocasión de ejercer juntos."

"Estaba muy implicado en la educación y en la cultura del esfuerzo individual".

"Siempre sacaba tiempo"(a pesar de venir totalmente reventado de cansancio) "para ayudar a sus hijos en los deberes, o explicarles cualquier cosa que no hubieran entendido bien en el colegio".

"También se preocupó mucho de que ambos practicasen deporte, implicándose en esta tarea los fines de semana".

"Jamás tuvo como objetivo el conseguir bienes materiales para llevar una vida lujosa, sino alcanzar la estabilidad y armonía familiar, llevando una existencia agradable y cómoda. Y dejar, a sus descendientes cuanto le fuera posible".

Pero él fue mucho más que todo eso. Una cálida sonrisa que, en ocasiones, se vendía cara. Un semblante agradable que no todos podían ver. Porque a Curro le conoció bien aquel que fuera capaz de leer entre líneas. Algo así como le ocurría a él, que padecía de una sordera, tan real, como simulada. Y es que Curro, muchas veces, solo lo que quería, escuchaba.

"Jamás se fue de viaje sin sus hijos". Ni tan siquiera sin los perros. Aquellos bichos peludos, de cuatro patas, que le habían impuesto en casa, quisiera o no. Y a los que, quisiera o no, terminaba por querer.

Nunca se dejaba nada en el plato. Siempre tenía presentes en su memoria aquellos tiempos de necesidad y la buena educación recibida.

¡Y como agradecía un buen guiso! ¡Daba gusto cocinar para él!

Curro lo tenía todo claro. Lo blanco era blanco y lo negro, negro. Daba envidia tanta seguridad. Y es que Curro era, de pies a cabeza, todo verdad. Al pan, candeal... y al vino, Cariñena ("¡maldito Cariñena!")

Y solía decir las cosas según le venían a la cabeza. A veces, mal recibidas, de tanto realismo que ponía en decirlas.

Si había nubes: impepinablemente, iba a llover, aunque hubiéramos previsto ir a la piscina aquel día.

Si el perro cojeaba, "dejadlo en paz, a ver si vais a fastidiar al pobre animal".

Si el mundo se había vuelto loco, "la gente es más tonta de lo que a nadie se le hubiera ocurrido esperar nunca".

El caso es que, no sabemos como se las apañaba, pero siempre terminábamos por darle la razón.

Lo que ocurre es que la verdad de Curro, en ocasiones, hería la estúpida y ñoña sensibilidad del receptor empeñado, como estamos todos, en vivir en mundos de fantasía e ilusión.

Curro tenía muy buena relación con sus hermanos y siempre estaba dispuesto a quedar con ellos. Hubiera postpuesto cualquier evento, por formidable que fuera, por ir al cine, o a jugar al pádel, con Manolo.

Y también disponía de tiempo para invertirlo en sus amigos. Las comidas del colegio, "¡Qué pena Pilar, cada vez somos menos!"... las corridas de toros... "Soy el único que sigue conduciendo"...

Curro andaba orgulloso junto a sus hijos. Sobre todo, para pasear, ir a misa, al cine, a la ópera, o al teatro.

Curro adoraba a sus nietos y nunca experimentaba el menor sonrojo por descubrir algo muy especial en ellos. Algo de lo que los demás carecieran.

Curro se levantaba temprano los domingos para comprar churros, recién hechos, para todos nosotros. A pesar de que siempre le llovieran críticas sobre si se había quedado corto, o si iban a tener que tirar unos cuantos.

Él se comía, como buen niño de la postguerra, todas las sobras, sin rechistar.

A Curro le encantaba sentir el poder del mando de la televisión, pero al final tragaba Los Simpsons, sí o también.

Curro, a veces, era como un niño, y le gustaba llamar la atención de Pilar, "la abuelita que nunca duerme": "¿Quieres hacer el favor de venir a la cama de una santa vez?".

Y robarme, a hurtadillas, los cigarros que saboreaba como si cada uno fuera el último.

Curro condujo hasta el fin de sus días, a pesar de los pitidos y los insultos. Y de que dejara más de una abolladura en el coche que hablaba.

Curro hacía la compra y a mí no me faltaba el tinto de verano y había leche para todos los gustos (entera, desnatada, semi-desnatada) y café, y té, y yogures, y Coca-Cola y jamón... y los langostinos que a Jaime "le salían de maravilla a la plancha".

Curro nos hacía reír y, muchas veces, enfadar... Ponía la radio, todas las noches, a los decibelios exactos para que el vecino aporreara, sin tregua, la pared.

Y es que Curro saboreó la vida, como aquellos cigarros, como si cada día fuera un presente divino. Sí, señor, Curro era todo un vividor. Y, si le venía bien, se levantaba a las cuatro de la mañana, para tomarse el último churro, regar las plantas, o perseguir a Pilar, que cabeceaba sobre cualquier silla o sofá, para mandarla a la cama.

Porque es una verdadera pena, que se nos regale una vida y no sepamos vivirla. Todos debiéramos aprender de Curro.

Pero Curro, se dispuso a conducir, de nuevo, el 18 de mayo para ir, una vez más, a comprar su ABC. Y no llegó a conversar con su coche automático, ni arañar su lateral con esa 'esquiva' columna. "¡Columna puñetera!"

Murió con los zapatos puestos, y sentado, por no molestar. Porque a él le aterraba una larga muerte postrado en una cama, lleno de dolores y de pesar y sentirse una carga para los que estuvieran a su alrededor.

Curro era mucho Curro y tuvo que salirse, al final, con la suya. Debía ser la sangre del General Verdier que corría por sus venas.

Si aquel fin de semana que pasamos todos juntos, sin sospechar lo que se nos avecinaba... Si aquel segundo hubiéramos sabido que sería el último, te hubiéramos dicho algo más que "Gracias por todo, Curro. Hasta mañana"... Espero que puedas cerrar la maleta que te llevas, cargada de todo nuestro amor y respeto. Por nuestra parte, no te imaginas cuanto cariño tuyo hemos ahorrado, durante todos estos años. Esa es la mejor herencia que podías dejarnos.

Pero la vida sigue. Y seguimos siendo tontos. Y reímos, lloramos, odiamos y amamos sin tón ni són. Y la vivimos, a trancas y barrancas, sin saber muy bien como hacerlo. Y seguimos preocupándonos de necedades y argumentando mediocridades como "Era muy mayor, ¿no?".

Pues sí, era mayor. Pero Curro fue hijo, fue hermano, fue esposo, fue padre, fue abuelo y uno de los buenos. Un buen hijo, buen hermano, buen esposo, buen padre, buen abuelo y buen suegro.

Y fue mago.

Un maravilloso mago que me curó del dolor de oído.

Ojalá tuvieras unas pinzas mágicas que nos arrancara, de cuajo, el dolor y el vacío que nos has dejado.

Te echamos de menos, Curro, pero de algo estoy segura:

Solo se trata de un rato.

domingo, 10 de mayo de 2009

La Guerrera


Como lo prometido es deuda, ahí os va un capítulo totalmente inédito de mi segunda novela (aún sin publicar).

Prestad atención a esta gran vengadora.

Espero que os guste.


G, de guerra
"Las batallas contra las mujeres son las únicas que se ganan huyendo."
[Napoleón Bonaparte]

"Para hacer la paz se necesitan por lo menos dos, mas para hacer la guerra basta uno solo."
[Arthur Neville Chamberlain]


Candela (que no era otra que Gabriela) es una "mala compañía", según tu madre.

----Bueno, pues Carmela o como se llame, me da igual. El caso es que dime con quien andas y te diré quien eres ----eso dice.

Pero a ti te parece divertida. La verdad es que si no fuera por las cosas que se le ocurren, la vida te resultaría la mar de monótona y aburrida.

Aún recuerdas el día que se le ocurrió venir al cole con un paquete de "Coronas". Os fuisteis al servicio y después de fumaros el cigarrito, tirasteis la colilla en la papelera. Os obligó a fumar a todas y os dio una tos espantosa. Patty se puso a vomitar.

Al cabo de unos minutos saltó la alarma de incendios en el colegio. La directora estuvo haciendo sus investigaciones hasta que preguntó a la persona adecuada: Lola.

Lola cantó La Traviata. Explicó, con todo lujo de detalles, cómo Gaby había robado, del bolso de su madre, el paquete de tabaco. Le detalló la marca, el color de la boquilla, el sabor, quienes habíais fumado y hasta que Patty echó la pota.

Todas os quedasteis sin salir de casa durante un mes entero, sin ver tele, y con las faltas correspondientes por mala conducta en los expedientes académicos.

Otro día Gabriela vino con la genial idea de hacer "novillos".

"Novillos" era irse al parque del retiro a alquilar una barca mientras tocaba clase de mates.

Alquilasteis tres barcas: en una de ellas ibais Amanda y tú. En la segunda Carolina, Martita y Helia. En la tercera Patricia y Gabriela (por supuesto, obviasteis invitar a Lola).

Desconoces el motivo por el cual a Carolina se le ocurrió cambiarse de barca pero el caso es que, en el momento de ir a pasar de una barca a otra, estas comenzaron a separarse lentamente.

Carolina se quedó con las piernas abiertas de par en par y con el pie derecho metido en un bote y el izquierdo en el otro, hasta que ¡zas! El lago se la tragó por completo (mochila y abrigo incluidos).

Gaby, no sabes si por creerse responsable o porque era la verdadera heroína del grupo, se lanzó al agua para salvar a Carolina. El caso es que las dos llegaron empapadas a casa. De nuevo las llamadas telefónicas entre las madres y una vez más pasó el correspondiente mes de castigo sin salir y sin tele.

Gaby, desde luego, no era una chivata. Antes hubiera muerto que delatar a nadie.

El día que a Amanda se le escapó una carcajada en mitad de la clase de lengua, la señorita Olvido miró a Gabriela. Había apoyado su codo sobre el pupitre y, con su mano, tapaba la boca.

La señorita la expulsó fuera de clase ya que la postura de la susodicha elementa era la mar de sospechosa.

----Yo no he sido ----avisó ella.
----¿Ah no? ----ironizó la profesora----. ¿Entonces quién? ¿Quién va a ser sino tú? ¡La misma de siempre!
----Yo, no, he, sido ----desafió en tono amenazador.
Lo malo es que la ordenó marchar al patio y estaba nevando.

Os pasasteis la clase entera mirando por la ventana. Gabriela llevaba su falda escocesa del uniforme muy corta y, justo bajo las rodillas, las medias azul marino. El cabello lacio yacía sobre sus hombros completamente empapado. La imagen era desoladora aunque la mueca de su cara os recordaba mucho a la de Robert Mitchum en el Cabo del Miedo.

Gabriela pilló una severa neumonía y tuvo que guardar cama durante casi veinte días. Pero, al regresar al cole, no guardaba rencor alguno a Amanda. Sin embargo, sí se le ocurrió pasar por casa de la señorita Olvido.

Os retó a que todas hicierais un pis en la misma puerta. Gaby se esforzó un poco más y decoró, con una enorme caca, el felpudo sobre el que rezaba la palabra: "Bienvenidos".

En la puerta, con espray rojo de los que se utilizan para hacer grafiti, se mostraba la chorreante y sangrienta sentencia: "Olvido, no te olvido".

Por supuesto, la señorita Olvido no pudo ni imaginarse que habíais sido vosotras pero sospechas que tuvo sus razonables dudas al toparse por los pasillos con la escalofriante sonrisa de Gabriela.

En el bachillerato, Gabriela continuó haciendo de las suyas: robando exámenes de la sala de profesores. Fumando en los servicios. Escondiendo cervezas en el pupitre. Ocultándose en la última fila de la clase de religión para echar un vistazo al Kama Sutra. Peleándose con todos los chicos (les atizaba de lo lindo por cualquier bobada). Recogiendo firmas para que echaran a la profesora de griego, al de latín, a la de historia, para que cerraran las bases militares, para que nos sacaran de la OTAN, para que no edificaran frente al parque... Nunca estaba conforme con nada. Y, lo peor, es que a vosotras os tenía recogiendo firmas y con el puño el alto todo el santo día.

Fue capaz de saltar la valla del centro para prender fuego al chaquetón de chinchilla de la directora. Podría haber sido cualquiera, eso es verdad, pero el pequeño detalle que la señaló como culpable fue que, en gimnasia, bajo el chándal reglamentario, solía llevar una camiseta donde había un cachorro de zorro que lloraba preguntando: "¿Te gustaría ponerte un abrigo con la piel de tu madre?".

Ni tan siquiera el mes de expulsión y la multa fueron comparables al suplicio que el pobre Abelito padecía a causa de estar en guerra con ella.

Abel era pequeño. Tenía vuestra misma edad pero apenas alcanzaba el metro y medio de altura. Por otra parte, su madre debía tener muy mala uva ya que Abel generalmente vestía con un polito bajo una rebequita tejida a mano, unos pantalones cortos (que a veces sustituía por unos bombachos a cuadros escoceses) y unos jorgitos azul marino que mostraban unos calcetines de ganchillo blancos. Casi daba gusto verle vestido con el uniforme (aunque continuara diferenciándose del resto porque era el único que llevaba los pantalones cortos). Todo eso, más las gafitas de pasta amarilla y culo de vaso, ajustadas a la sesera con una goma azul y la mochila con los teleñecos serigrafiados, le hacían ser el blanco de todas las novatadas, risas o bromas pesadas.

Abel era un fenómeno. Sacaba matrícula de honor en todo, exceptuando gimnasia. Nada de esto hubiera sido impedimento para que Gabriela lo aceptara en su grupo, pero un día cometió el peor de los errores.

Estudiabais a Carlos Marx y su teoría sobre el capital y tuvisteis que hacer un trabajo con un comentario de texto.

Abel se enroló en la peligrosa hazaña de catalogar a Marx como a un soñador ingenuo y a su teoría como a una utopía, ya no solo imposible de realizar, sino perjudicial para la economía de cualquier país.

----Como podemos leer en su siguiente texto ----razonaba impecablemente Abelito---- es nocivo para una nación afirmar que hay enajenación en el trabajo. Que el trabajo es externo al trabajador, que no pertenece a su ser. Que en el trabajo un obrero no se afirma, sino que se niega, que no se siente feliz, sino desgraciado y que no desarrolla una libre energía física y espiritual, sino que mortifica su cuerpo y arruina su espíritu. Desde el punto de vista sociológico y filosófico o, si se prefiere, político, se debiera alentar a los profesionales a trabajar de buena gana, en aquello en lo que les plazca y en desarrollar ideas y medidas para ayudarlos a que puedan trabajar libremente por cuenta ajena o a que puedan disponer de un negocio propio porque, de hecho, son ellos los que sostienen la economía de su patria.
----¡Patria! ----escupía Gabriela mientras escuchabais la lectura----. ¡Una grande y libre! Madre mía, lo que hay que oír...
----Esto, más avivar el odio entre clases sociales resulta igualmente inicuo y arriesgado ----continuaba Abel---- ya que la clase obrera, para trabajar, necesita que los capitalistas inviertan en negocios y puestos de trabajo. Es una medida poco, o nada, equitativa la de abolir la propiedad de los medios de producción y sustituirla por el trabajo social. Quizá él pensara que de este modo se evitaría el poder en manos de un sector que determinara la explotación de otro, ya que hay que tener en cuenta la situación histórica que entonces lo rodeaba. Pero a mí más bien me parece que el poder político iba a tener que brearnos a impuestos, ya que nada se sostendría económicamente por sí mismo.

Aquel trabajo le valió una nueva matrícula de honor pero, muy a su pesar, también la incondicional enemistad de Gaby.

Gabriela se pasaba las clases enteras agujereando el privilegiado cráneo de Abelito, ayudada de un canuto que torpedeaba granos de arroz. Escribía notas con letras de periódico y las metía en la cartera de Abel: "abÉL, malDITO cReTino, MORirAs cOMo el sEr inSIGNificANTe que ERes".

Clavaba chinchetas en su pupitre, o sacudía el polvo del borrador del encerado y, a cada paso, una vocecita pedía auxilio desde alguna clase vacía: Gabriela de nuevo había colgado a Abelito de algún perchero.

Tú tuviste algo que ver en el futuro de Abel. Se le daba tan bien todo que no sabía qué carrera elegir. Le sugeriste que estudiara algo realmente difícil como ingeniería aeronáutica o medicina. Abel se decantó por la última.


Gabriela tenía una teoría infalible: la fuerza de la mujer reside en sus lágrimas. Cuanta más capacidad tenga para zollipar compulsivamente más facilidad va a tener para conseguir todo cuanto se proponga. Así que, frecuentemente, cuando alguna tenía un problema gordo, ella le recetaba su remedio: "tú lo que necesitas es llorar".

Entonces invitaba a la sufridora del momento a su casa y ponía en el vídeo beta su película favorita: "Los Girasoles" de Sofía Loren y Marcello Mastroniani. Todas pasasteis por aquello.

Resultaba que cuando había una escena donde tú te reías a carcajada limpia, ella sacaba el pañuelo dispuesta a dejar correr un grifo de lágrimas:
----¡Pobrecillos, qué contentos están, no saben lo que les espera! Ya verás, ya verás lo que viene ahora...

No lograste averiguar si esto os reforzaba pero, desde luego, ella se lo pasaba bomba gimoteando sin tregua.

Gabriela tenía una hermana mayor, con la que se llevaba más de diez años. Apenas teníais trato con ella, en primer lugar, por la diferencia de edad y, en segundo, porque a ella le parecíais unas pequeñas delincuentes dignas de la mayor de las indiferencias. Eva, que así se llamaba, había sido, por añadidura, la hija ideal. Buenísima. Obedecía en todo a sus padres. Si estos le ordenaban llegar a casa a las nueve, ella llegaba media hora antes. De hecho, el mismo día antes de casarse se presentó en casa a las nueve en punto.

Gaby decía que lo de tener una hermana tan buena era una lata porque no solo no le había abierto ninguna puerta, sino que, desgraciadamente, se las había cerrado todas. No hacía más que escuchar el viejo cuento: "Yo no sé lo que habré hecho mal contigo, hija, mira tu hermana, un sol. Las dos educadas de idéntica manera y ¡qué distintas!".

Así que Gaby llevaba el horario de recogida a casa por "la hora de Canarias", como decía ella. La verdad es que era un fastidio. A veces la pobre muchacha tenía que salir del cine, corriendo a todo gas, con la película a medias.

Hasta que un día, decidió "ganarse a pulso" un horario de salidas, normal y corriente "como el de todo el mundo".

El sistema era el siguiente:
1.- Sus papás le mandaban llegar a casa a las nueve.
2.- Ella llegaba a las nueve y media.
3.- Ellos la castigaban un mes entero sin salir.
4.- El primer día que le permitían salir de nuevo, le aconsejaban no retrasarse más de las nueve en punto.
5.- Y ella volvía a llegar a las nueve y media.
6.- Ellos volvían a castigarla otro mes.

Y así sucesivamente hasta el infinito.

A veces ocurría que os lo estabais pasando genial y los treinta días de penalización habían merecido el sacrificio. Pero en otras ocasiones la tarde había resultado ser tan rollo que todas os marchabais a las ocho.

----Paula, anda ----te suplicaba----. ¡Quédate un ratito más conmigo! Que tengo que llegar a las nueve y media...
----¡Pero Gaby! ----lamentabas tú---- ¡mujer, vete a casa y así no te castigan!
----¡Ni hablar! ----ponía mueca de orgullosa soberbia----. ¡No se vayan a creer estos que he claudicado!

Así que se quedaba tiritando en el banco de enfrente de su portal, esperando a que llegara la hora peninsular.

El caso es que, poco a poco, fue consiguiéndolo, con mucha constancia y tesón. Tú lo que crees es que, al final, sus padres ya se hacían los olvidadizos sobre la hora. O se hacían los tontos y no miraban el reloj cuando regresaba, por la pereza que les daba montar el viejo número de siempre.

Aún hoy te ríes cuando recuerdas a su padre en los últimos años:
----Pero, hijas, ¿me podéis explicar qué hacéis hasta las cuatro de la mañana?
----Papá ----se quejaba ella---- ¡yo soy la única que vuelve a las cuatro! Las demás no tienen hora de entrada.
----Pero, ----se volvía loco----¡yo es que no lo entiendo! ¿Qué puede haber a las cuatro de la mañana?
----La verdad es que nada ----tratabas de echar un lazo a tu amiga---- el ambiente en las discos empieza a eso de las cinco o cinco y media.
----Pues, me lo ponéis mejor ----parecía haber hallado la solución---- os vais a la cama prontito, os despertáis a las cuatro y media, os arregláis y luego os vais a la discoteca fresquitas y bien descansaditas.
----Por lo menos, déjela hasta las siete ----apoyaba Yolanda---- Fíjese usted si eso es pronto, ¿qué hay más pronto que las siete de la mañana?

En el viaje de fin de curso a Mallorca, Gabriela se enrolló con un compañero de clase: Josemi. Estabais encantadas porque Gaby recuperó la paz perdida y la estabilidad emocional. Hasta Abel halló la felicidad más sublime.

Y cuando todo iba de maravilla y teníais que volver, al muy incauto se le ocurre confesar que tiene novia en Madrid, Inés. Gabriela se pasó la última noche sollozando amargamente en la habitación. No recordabas haberla visto llorar tanto desde el primer día de guardería "No mi buta nara eto".

Todas os quedasteis junto a ella. Tú tomaste su mano.

----¡Pero pasa de él!, ¡que le den pomada! y vamos a quemar la noche, que es la última ----aconsejó Amanda, en su línea---- mi ligue tiene amigos que están cañones.
----¡Vete, anda, vete! ----Gabriela echó chispas por los ojos----. ¡Márchate tranquila, mala pécora, no te preocupes por mí!
----Vamos a ver, Gaby, esto estaba previsto ----argumentó Helia---- tienes diecisiete años. ¿No creerías que te ibas a casar con este tío y que ibas a ser la madre de sus hijos? Lo que tienes que pensar es que fue bonito mientras duró y ya está.
----¡Ni fue bonito ni duró! ----gritó ella.

Todas hicisteis señas a Helia para que callara de una vez, mientras escuchabais a Gabriela desempeñar el papel más desgarrador de Scarlett O'Hara:
----No puedo perderlo, no. Mañana pensaré qué hacer ----se sonó enérgicamente---- Hoy lloro, pero mañana pensaré.

Durante el vuelo de regreso a Madrid, Gaby no pronunció palabra. Debía estar pensando. Pronto os enteraríais de qué. Después de tragaros una vez más Los Girasoles con el paquete de Kleenex sobre la mesa de su comedor.

Tenía muchos planes. Uno de ellos era hacerle imposible la existencia. Josemi tenía que reconocer que su vida era una completa mierda si Gabriela no estaba dentro de ella.

Al principio, lo tienes que reconocer, fue recreativo. Pero después os visteis involucradas en un incesante ir y venir de venganzas indiscriminadas que no os conducía a ningún puerto.

Lo primero que hicisteis fue pinchar las cuatro ruedas del coche de Josemi. De este modo, no podría acudir a la primera cita con su chica, después del viaje.

Lo segundo fue esconderos en el portal de su casa, esperando a que bajara para salir. Como durante los primeros fines de semana aún no tenía coche, tenía que coger el autobús pero siempre, en el instante en que este llegaba, alguna de vosotras lo llamaba para pedirle un cigarro, preguntarle la hora, hacerle una consulta sobre el día del examen de historia... El resultado era que siempre llegaba tarde porque nunca pillaba el primer autocar. Y era el "14", que ya lo decía tu abuela: "Niña, ¡eres más pesada que el 14!".

Lo tercero fue robarle los deberes de la mochila durante los recreos. Así que el pobre nunca los llevaba hechos. Eso, al principio, luego Carolina acostumbraba a quitarle el bollo y Marta decidió que no necesitaba el dinero para nada.

Una mañana, durante la clase de gimnasia, Gabriela fue a las taquillas para descoser el pantalón de Josemi.

Cuando él se cambió a toda prisa no se paró a mirar su pandero, pero en cuanto subió a la clase todos empezaron a reír. El pobre muchacho pegó su trasero a la pared en cuanto se percató de lo que hacía tanta gracia y se pasó el día entero arrastrando su espalda contra los muros y pidiendo aguja e hilo, rojo como un tomate.

Por supuesto, Gabriela, muy caritativa, se prestó a ayudarlo:
----Voy a pedir una grapadora ----posó su amiga mano en el hombro del muchacho---- ya verás qué bien queda.

Al cabo de diez minutos llegó con la grapadora y le dijo:
----Ahora vas a tener que ir al servicio de las chicas y darme los pantalones, mientras te los grapo.

Jamás se le ocurriría pensar que todas las puertas de los aseos habían sido arrancadas y que no hallaría rincón alguno tras el cual ocultarse (Gabriela se había encargado de ello previamente).

----Bueno, tranquilo ----le dijo Gaby---- total, estás en gallumbos, no te voy a ver nada que no quieras... Además, después de lo que ha habido entre nosotros, ya hay confianza, ¿no?

El chico se estiró tanto de la camisa que parecía que quisiera llegar a ocultar sus rodillas. Gabriela sonrió y se puso a grapar los pantalones a conciencia.

De repente un destello le cegó los ojos.

Al día siguiente el tablón de anuncios del cole acaparaba la atención de miles de alumnos expectantes: la imagen del pobre Josemi en "mini", con gesto apurado y los párpados apretadamente fruncidos en el aseo de las chicas.

Como Josemi seguía sin darse cuenta de que su vida no tenía sentido sin Gabriela, un día lo perseguisteis para averiguar adónde salía con su chica.

El siguiente paso fue haceros amiguitas de Inés.

Inés era tan "virginal" como la Inés de Don Juan. Tan buena, tan paciente, tan benevolente...

Resultó coser y cantar conseguir que Inés llegara tarde siempre a las citas con Josemi o que, muchas veces, ni llegara.

Gabriela se mostraba insultante de felicidad cada vez que la escuchaba entonar en cualquier cabina telefónica:
----Hoy no puedo ir... es que Amanda está muy deprimida. Ya... pero es que ha discutido con Íñigo, me necesita...

Después vino lo de buscar amigos guapos que tiraran los tejos a Inés.

Inés era dura de pelar. O, bueno, tal vez es que era un poco mema. El caso es que a pesar de recibir miles de llamadas de chicos impresionantes constantemente y de no haber sido en su vida más piropeada, ella seguía con su Josemi entre ceja y ceja.

Por tanto, tuvisteis que "manipular" la cándida mente de la pobre Inés sobre la inconveniencia de salir con Josemi.

----No sé ----aconsejaba Olivia---- yo creo que es un chico con muy poco espíritu. Debías apuntar más alto, tú te mereces algo más. Además, es flojo en los estudios, no llegará nunca a nada.
----¡Imagínatelo jiñando! ----decía Helia----. A mí, si me los imagino jiñando, me dejan de gustar automáticamente.

Y como ni por esas... Gabriela determinó "atacar" del modo más barriobajero.

Cotilleó a Lola que había logrado averiguar que Josemi estaba loco por Amanda y que tenía pensado dejar a Inés por ella. No podía fallar. Amanda tendría que tirarse a su chepa porque Josemi era muy mono.

Lola se encargó de que, en apenas dos días, hasta el bedel supiera que Josemi estaba enganchado hasta las cejas por Amanda.

Amanda empezó a inflarse como un globo aerostático, sobre todo, cuando estabais con Inés.

----Tu no te preocupes, Inés ----decía tranquilizadora----. Un chico jamás nos separará.

La inocente de Inés estaba realmente convencida de que Amanda jamás se la jugaría y, sobre todo, confiaba en el pobre Josemi, que no se enteraba ni del No-Do.

Pero Gabriela puso la última banderilla. Se dirigió al mejor amigo de Josemi: Pancho, para contarle que Amanda estaba perdidamente enamorada de Josemi y que sufría mucho viéndolo salir con Inés. Eso sí que aceleraría las cosas. A Josemi, como a todos, le gustaría variar, de vez en cuando.

A Lola le vino el cuento de que Amanda y Josemi se habían estado besando una tarde en la que Inés no salió porque tenía que estudiar y, claro, una buena amiga no permitiría que Inés hiciera el ridículo de aquella manera, por tanto, tenía que contárselo inmediatamente a la interesada.

Pero los hechos que sucedieron fueron distintos: Pancho debía ser de un patrón muy parecido al de Amanda. ¿Para qué narices le iba a contar a Josemi que ella estaba perdidamente enamorada de él, si su amigo “ya estaba pillado” y él podría ofrecerse gustoso como voluntario para consolar a la bella damisela? Y a Amanda le vino de perlitas el rollete con ese espabilado para dar celos a Íñigo, que la había dejado por otra.

Inés se quedó hecha una verdadera piltrafa. Era una María Magdalena andante pero creyó en los juramentos de Josemi y siguió saliendo con él. Claro, también ayudó que Amanda se compadeciera de voz en grito de la lástima que le daba el pobre Pancho, al que habría dejado destrozado después de haber “degustado las mieles de su boca”.

----¡Esta chica es boba de remate! ----escupía Gabriela----. ¡Pues no va y le perdona esa cornamenta!
----Vamos a ver... ----aclaraba Helia----. Es que es mentira...
----Pero, ¿y ella qué sabe? ----se crispaba Gaby----. ¡Podía ser verdad perfectamente!


Por aquel entonces pegaba fuerte la canción de Mecano, La fuerza del Destino, que Gabriela hizo suya.
----Es nuestra canción. Mía y de Josemi ----hacía descansar su cabeza en un hombro----. ¿No os habéis dado cuenta de que el destino siempre nos une?
----Vamos a ver... ----volvía a cortar el rollo Helia---- el destino... el destinooo... es mucho decir. Es que nos lo encontramos en todas partes porque lo seguimos a todos los sitios.

Gabriela se tuvo que conformar con que Inés y su novio salieran juntos dos años más. Pero estuvo la mar de entretenida mientras tanto: llamaba a los restaurantes donde había reservado previamente Inés para cancelar la reserva. Escribía notas que metía en la cartera del muchacho con frases tipo: "Me lo pasé muy bien anoche contigo. Te echo de menos. Vuelve hoy y trae más condones". Avisaba a los porteros de las discotecas donde iban que "el chico que vestía vaqueros y sudadera gris llevaba drogas para traficar dentro de la sala". Incluso recetó a Inés una crema estupenda que le iba a dejar sin un solo grano y que al final le puso como una paella...

Gabriela suele invitarte a su casa y, mientras pone música en la cadena, te alienta a que hagas diana con los dardos sobre la foto de Josemi e Inés. Y a ti de repente te empieza a dar una lástima infinita. Pena de la pobre Inés, que no se merece la mala racha que está pasando, del desgraciado ese y de ti, que tienes cosas mucho más importantes que hacer.

Es realmente agotador tener una amiga como Gabriela. Llevar todo el día el rifle cargado y tener que otear a izquierda y derecha donde pueda aparecer un enemigo resulta agotador. Sobre todo, si te encariñas con las víctimas.

Además, has observado que ya casi nadie quiere quedar con ella, todas están tan hartas como tú de sus ideas. Está más sola que la una. Las vibraciones negativas que una persona expulsa de sí al final regresan a ella. Vamos, que es lo mismo que escupir hacia el cielo y, digo yo, que no te complacerá nada recibir el escupitajo si permaneces a su lado.

sábado, 18 de abril de 2009

La venganza será terrible... o no tanto


El texto que, a continuación, copio y pego, seguro que lo habéis leído en más de una ocasión. Prestad atención (no tiene desperdicio):

Una pareja de novios lleva tres años saliendo, pero ella debe abandonar su país para hacer un master de estudios en Inglaterra, donde quiere perfeccionar su inglés.
Tras un penoso año sola y añorando mucho a sus amigos, familia y, sobre todo a su novio, Luis (del que nunca recibe ni una triste llamada) Al fin, le sorprende una carta de éste:
"Querida Ana:
Ya no puedo continuar con esta relación.
Sé que te animé a que te marcharas para que progresaras y entre los dos llegáramos a construir un buen futuro que compartir juntos, pero la distancia que nos separa es demasiado grande.
Tengo que admitir que te he sido infiel cinco veces desde que te fuiste y en una de las ocasiones fue con tu amiga María. Eres una buena persona y no creo que merezcas esto. Lo siento muchísimo, de verdad.
Por favor devuélveme la foto que te di. A María le encantaba y no encuentro el negativo.
Con cariño, Luis."
Ana, tras llorar, sin tregua, durante una larga semana, hace de tripas corazón y decide pedir a todas sus compañeras de estudios que le regalen fotos de sus novios, padres, hermanos, primos, tíos, amigos, vecinos, etc...
Logra recopilar 57 fotos en total, las introduce en un sobre y las hace acompañar de la siguiente nota:
"Querido Luis:
Perdóname, pero no puedo recordar quien eres. Por favor, encuentra tu foto dentro de este paquete y me devuelves el resto.
Saludos, Ana."

La Moraleja, al pie del texto, rezaba así:
"Aún en los momentos difíciles... hay que ser una perfecta hija de puta."

Pues bien, amigas mías, en mi humilde opinión, la moraleja de este asunto debía ser: "Hay que ser subnormal perdida para gastarse ni un cochino pavo en sellos".

Hay dos finales alternativos a esta historia:

a) Luis (que es medio memo) contesta:
"¿No te acuerdas, tonta? ¡Soy yo!. Nos conocimos en el parque de Berlín, aquel día que tú ibas con esa minifaldita roja tan mona. Y, luego, estuvimos saliendo dos o tres años. Soy aquel que le gustaban las películas de Matrix... Mira, voy a hacer algo mejor, te adjunto una foto mía (de las que no le gustan a María) y así ya me reconoces.

b) Luis, se va al fotomatón de la esquina, se hace una foto para María y después queda con ella para cenar y salir de copas.

El caso es que Luis se queda tan ancho como largo y, si se acuerda de Ana, es para mencionar a la "bruja" esa que no le devolvió la foto que tanto le gustaba a María.

Las venganzas, si se hacen, hay que hacerlas bien, ¡narices! ¡No me seais tontas!

Lo que es totalmente cierto es que se trata de un plato que hay que servirlo frío. Tenedlo muy presente a la hora de planteárosla como opción. Porque si aún conservas los sentimientos que albergabas hacia el individuo, o individua, en cuestión, probablemente te salga un churro de revancha; porque "caerás" a la primera insinuación del mencionado/a intercepto/a.

Hay muchos tipos de venganza, a saber:

1) Las venganzas chapuceras (como en el caso anteriormente descrito)

2) Lentas y agonizantes (pero siempre para la vengadora):
Las que te hacen esperar una eternidad a que el mentecato ese se entere de lo mucho que perdió contigo y de la falta que le haces. Tú (soltera y entera) sigues esperando ese momento. Ese maravilloso instante en que él te telefonea y te invita a salir, "porque se acuerda mucho de ti y tiene algo importante que contarte" y coges tú (muy digna) y le dices un rotundísimo "NO".

Y ahí se ha acabado tu venganza.

Bueno, a veces le haces perder un tiempo hermoso, buscando en su agenda, otro número que marcar, para salir esa noche (algo es algo)


3) Las de tipo: "Si hay que vengarse uno, se venga, pero vengarse p'a ná es tontería":
El Pollo te dejó hecha polvo, hace ya dos años. Y luego estuvo "mariposeando" de flor en flor. Todas lo dejaron por imbécil y se ha quedado más solo que la una.

Una tarde os encontráis y se da cuenta de que "eres un encanto", que has mejorado con la edad y se lamenta: "¿Cómo pude estar tan ciego? ¿Cómo te pude dejar escapar?".

Por aquel entonces, tú ya estás saliendo con un chico estupendo, que te tiene encantadita de la vida y ese tipo ni te va, ni te viene. Es más, te cuesta explicarte como te pudo gustar en alguna ocasión. Entonces decides mandarle a paseo de una forma discreta, a la par que elegante "Ya nos veremos por ahí, si eso".

O, mira tú, que se te hinchan las napias y le arreas en todo el jeto:
"Ciego, no, bonito: ¡gilipollas! Gilipollas, es lo que fuiste, dejándome escapar".

Pero eso ni es venganza, ni es ná. Porque como ya no sientes absolutamente nada por él, pues ¿qué más te da la tripa que se le rompa a ese cretino?


3) Las venganzas de tipo "colleja" o "coscorrón":
Mucho más rápidas, eficaces y entretenidas. Suele ser esa anécdota amena que, cuando sales con las amigas (con alguna copita de más) todas te incitan a narrar: "¡Anda, Puri, cuenta otra vez lo de Juancho!"

Que puede ser, por ejemplo: que le digas a tu chati "que has pillado una infección importante", pero, claro está, "no vas a desconfiar de él", así que supones que "te habrás contagiado en algún aseo público". Entonces, le recomiendas una eminencia de las venéreas, que es tu amiga Pepi, "a ver si le vas a terminar contagiándole a él, ¡pobrecito mío!".

Tu amiga Pepi, le depila esa tan delicada zona, con cera a 60ºC (mientras un grupo de estudiantes en prácticas lo graba en video) y, seguidamente, le aplica una crema tratante, que no es más que un pintura verde permanente, marca Tintanlux. (¡A ver si tiene narices en unos cuantos meses de volver a exhibirse en paños menores ante una titi!)

O ponerle en bandeja de plata una cita con un travesti... O mandar a un grupo de amigos a darle una paliza...

A mi una que me encantó fue aquella de la película "Lunas de Hiel" (¡qué buena!, ¿verdad?)

Un baboso Hugh Grant está echando humo por las orejas con Emmanuelle Seigner que parece dispuestísima a recibir todos los tejos que le tire ese desgraciado. Entonces, su mujer (Kristin Scott-Thomas) menea el dedo índice ante sus narices y le dice: "Te advierto que cualquier cosa que tú hagas, yo puedo hacerla mejor". Y va la tía...

¡y se liga a la chorba, con todo su morro y se la lleva al huerto!.
¡Sí, señora, sí señora! ¡Esa si que es una venganza en toda regla!.

Hala, pues ahora os toca a vosotros contar vuestras dulces venganzas.

Si recibo tres (como mínimo), os prometo que para la próxima semana tendreis un capítulo EN EXCLUSIVA de mi segunda novela (aún no editada ni publicada) para que veais hasta que punto llegan estos/as vengandores/as.

Habeis votado "El Venusino"


«Los hombres son de Marte, las mujeres son de Venus.» [JOHN GRAY]

«Mi novia siempre se ríe mientras le hago el amor…
(no importa lo que esté leyendo).» [STEVE JOBS, fundador de Apple]


LOS MADRILEÑOS LLEVAN UNA MARCHA que no hay ser humano que la aguante. ¿Qué desayunarán estos muchachos para llevar ese ritmo? Están un poco blancos, eso sí. Por tanto, una deduce que deben dormirse unas siestas de pijama, padrenuestro y orinal, como decía Cela. Por otra parte, éstos no se hacen fotos en todos los rincones, de día y de noche, que eso balda. Tienes que decírselo a Pili (en cuanto la pilles a solas). No bebe ninguno, nadie fuma. Estáis quedando como un atajo de viejas viciosas.

Os han llevado corriendo, de una punta a otra de Marbella, y cuando llegáis al lugar elegido, no hacen más que bailar, gritar, dar saltos… casi echáis de menos la tranquilidad de los lobos de mar.

Hacen mucho pis (mucho más frecuentemente que vosotras) y, además, van todos en manada. Eso os desconcierta, creíais que las únicas que se comportaban de esa manera erais las mujeres. De todas formas, es totalmente lógico que vayan tanto al servicio porque están bebiendo agua toda la noche.

En cuanto has visto a Armando, se te ha caído el alma a los pies (o las bragas al suelo, como te ha dicho Carlota). Lo que te ha dicho Helena es que llamándose Armando no se puede esperar nada bueno de él: «Pero ¿cómo puede alguien llamarse Armando? ¿Armando qué? ¿Armando camorra, armando un mueble del Ikea?». Adriana se ha limitado a ponerse bizca, sacar la lengua y jadear como un perrito.

En fin, Armando es una interesante mezcla entre la candidez de Eduardo Noriega y el poder sexual de Lenny Kravitz. Lo que tú te dices es que te lo merendabas enterito y luego repetías, pero que más te vale quitártelo de la cabeza porque, al parecer, no se ha enterado de que existes. Va, viene, habla, pide en la barra su benjamín acuático, vuelve, se va al servicio, viene con el pelo mojado, despejado hacia atrás. Se va a la pista, chilla, salta, baila… Charla con todas, las del grupo y las de fuera de él, pero no parece tener interés por ninguna. Lo mismo es otro hombre ideal. ¡Vaya usted a saber!

A eso de las seis de la mañana a los madrileños se les ocurre la genialidad de ir todos a la playa (de Torremolinos ¡hala!, como si Marbella no tuviera una). Estáis destrozadas. Pero ellos se empeñan en darse todos un chapuzón. Algunas de tus amigas empiezan a quejarse: «¡Ni locas!». Pero al final todas termináis en el agua, tanto las que se han desnudado, como las que no lo habéis hecho.

Cuatro energúmenos te hacen correr por toda la playa hasta el paseo marítimo para darte alcance, finalmente. Se materializa ante tus ojos la imagen de un hombre de Cromagnon que persigue a la hembra elegida, la agarra por los pelos y la arrastra hasta la cueva. Y cuando te cogen a la silla de la reina, se te ocurre caer en el estúpido detalle de quitarte los zapatos. Que digo yo ¿qué más dará que se te mojen los zapatos, si vas a acabar empapada entera?

Cuando estás frotando tus párpados, tratando de evitar la molestia de la sal y la arena, de repente, un tipo viene a cogerte en brazos. Lo miras y te llevas el sorpresón: ¡es Armando!

Te ha alzado como si fueras una pluma, sin el menor esfuerzo, y te conduce hasta una canoa de alquiler, de esas que están encadenadas en la arena. Te sienta en ella, coge tus zapatos, te seca los pies con su camiseta y te calza amorosamente. ¡Te quedas alucinada! No haces más que mirarlo tiernamente (a él, porque a sus musculosos brazos los estás mirando de otro modo).

Pero claro, habéis acabado tan chafadas que estáis deseando llegar al apartamento y secaros. Por tanto, ahí se acaba la primera cita con tu hombre de Neanderthal.

Al día siguiente veis a unos cuantos madrileños en la playa. Tomáis con ellos unas cervecitas en un chiringuito. Armando no está. Quieres preguntar por él, pero ¿a cuento de
qué? Te callas.

A eso de las ocho y media de la tarde suena el portero automático. Armando y su amigo Antonio vienen a interesarse por lo que vais a hacer esa noche. Tú te pones como un flan y vas al cuarto de baño a arreglarte esos pelos (un verdadero asco) que te deja el ambiente húmedo de la costa. Suben, se toman una cerveza y Armando no hace más que mirarte.

Aparece Ismail (el moro) dirigiéndose a la nevera en paños menores (como siempre) a echarse uno de sus habituales tragos de tinto de verano (a morro, directamente de la botella):

—¡Eh! —Sonríe a Armando—. ¿Qué pasa, tío?
—¡Hombre, Ismail! —se sorprende Antonio—. ¿Cómo tú por aquí?
—Yia ves, trionko. —Se encoge de hombros Ismail.

A vosotras os choca que se conozcan, pero no preguntáis, en realidad no importa gran cosa.

Salís y se repite la noche anterior. Para Armando eres transparente. No estás, no has venido, te fuiste. Esta vez, a las siete de la mañana os vais todos a un chalet que tiene uno de ellos en Estepona. Se repite el nocturno baño, esta vez en la piscina. Y mientras estás intentando flotar, cuando toda tu ropa (y los zapatos) te quieren arrastrar al fondo, Armando viene buceando hacia ti. Se acerca. Está completamente desnudo.

Tratas de agarrarte al borde de la piscina (más que nada por no desmayarte) y te besa. «Pero ¿qué le pasa a este chico? —piensas—. ¿Es que le pone verme empapada?» Os quedáis a dormir sobre las tumbonas en el jardín.

Cuando el sol empieza a arder en vuestras caras y, por lógica, os despierta, buscas con la mirada a Armando, pero no está. Ha debido de subir a alguna habitación a dormir. ¡Claro, como ya te has secado!

Al mediodía, llegáis todas tus amigas y tú a la playa y coméis, pero allí no aparece nadie.

Por la tarde, a eso de las nueve, tiembla tu móvil: mensaje desde un número desconocido. Lees: «e aprovechad k stabas durmiend xa piyar tu numro.kiero verte pero mjor q no ns veams oi».

Lo lees de nuevo ¡No entiendes nada! ¿Quién es ése y qué idioma habla? Pero Camila te lo traduce en voz alta:

—He aprovechado que estabas durmiendo para pillar tu número. Quiero verte, pero mejor que no nos veamos hoy.—Se encoge de hombros—. ¡Hija, está clarísimo! ¡Es tu marciano!

¿Por qué? ¿Cuándo entonces? ¿Mañana? El venusino este te está desconcertando. Y eso es siempre un acierto (el tío es listo de narices), porque para ganar la batalla lo mejor que puedes hacer es confundir al enemigo. Dejarlo hecho un lío, fuera de combate, que se coma bien el tarro.

La noche siguiente, tu grupo ha quedado con ellos en Fuengirola. Hay un concierto en no sé qué pub de no sé quién, y vais todos a verlo. Vuelves a buscar a Armando con la mirada, pero ni rastro. Al fin aparece. Esta vez se acerca directamente a ti y tú te pones a tocar el cielo con la punta de los dedos de la felicidad suprema que te ha entrado súbitamente.

Tras un rato de charla, te pide el número de Amelia que, por lo visto, le encanta. Te dice que eres una tía maravillosa y que te necesita como amiga. Te presenta a un chico que acaba de conocer (ni te enteras del nombre) y te deja con él como si acabara de entrar de visita en una casa, colgar su chaqueta en el perchero e introducir el paraguas en el paragüero (aunque tú tienes la visión de que te lo ha partido en la cabeza).

El venusino deja de tener su gracia. Ya no es que sea raro, es que está flipao. Si quiere el número de Amelia, que se lo pida él o que se moleste en robárselo, como hizo con el tuyo. Y, teniendo amigos así, ¿quién desea enemigos? Curiosamente no se acerca a Amelia, para nada. Se pasa gran parte de la noche charlando con Helena.

La noche siguiente estás agotada (además de rebotada) y decides quedarte a dormir.

A las cuatro de la mañana, alguien golpea el cristal de la ventana. Pero ¿cómo es posible si es un quinto? Armando ha trepado por un árbol y creía que tu ventana iba a estar abierta. No contaba con la brisa fresca de la madrugada.

¿Flipao dijiste? ¡Este tío está tarao perdido! Pero le abres, ¿qué vas a hacer? Te empieza a besar apasionadamente y no te deja respirar. Le preguntas (en cuanto te lo permite) si no le gustaba Amelia. Y te dice que no, «que había sido para ponerte a prueba». ¿A prueba de qué? Pero ¿realmente sabe lo que está diciendo? Empiezas a pensar que este chico dice lo que sea con tal de que te calles. Y que es de esos que si les preguntas, por no quedar mal, van y se inventan cualquier cosa.

Si ya lo digo yo siempre: «Si no quieres que te mientan…, no pre-gun-tes».

Un beso lleva a otro y una caricia a otra más, y termináis, finalmente, donde te encontrabas antes de que hubiera llegado. Os pasáis la noche entera haciendo el amor. ¡Seis de golpe!, y sin descanso. ¡Estará tarao, hija, pero este chico es una maravilla! Vamos, que si el sanatorio mental de Ciempozuelos está lleno de éstos, yo fijo mi residencia allí.

Y, al fin, cuando el sol entra por la ventana, se queda dormido. Le dejas una nota: «Nos hemos ido a la playa. Cuando te despiertes, desayuna lo que quieras. Nos ponemos donde siempre. Besitos, Natalia».

Os levantáis, os ducháis, os ponéis el bañador, vais a la playa, os vais a comer, regresáis, y allí sigue: durmiendo como un bendito. Te tumbas a su lado, te duermes tú, te vuelves a levantar, volvéis a arreglaros para salir. Os vais de marcha.

Ligas con un argentino (Sebastián) y a éste no lo quieres perder por nada del mundo. Además, de tu venusino-flipao-pirao ya esperas poco, o nada. Así que te lo llevas al apartamento.

Pero cuando llegáis, os encontráis con que Armando sigue durmiendo, con la nota en la mesilla y a vosotras os da la risa. Afortunadamente, a Sebastián también (es lo bueno del «turismo sexual», que nadie espera nada de nadie, ni coherencia, ni mucho menos decencia).

Algunas de tus amigas se han traído acompañante igualmente. Y no te olvides de Ismail (el moro), que sigue allí, con Pilar secuestrada y blanca como la leche (pobre muchacha).

Así que tenéis que hacer unos cuantos cambios de apartamentos, cuartos y camas.

Al final, a Armando se lo juegan a piedra-papel-tijera las que venían sin ligue.
—Carlota, te ha tocado, hija. —Sonríes a tu amiga.
—Bueno, yo estoy hecha polvo… duermo donde sea, y éste está out, así que no creo que me ataque… —Se encoge de hombros—. Oye… pero ¿respira?
—Mira a ver si huele mal. —Se acerca a él Camila.

Armando amanece a las siete de la mañana del día siguiente, con las arrugas de la sábana marcadas en la mejilla y mira a su lado: Carlota está durmiendo junto a él.

La abraza, besa su carita y le dice muy romanticón:
—Me lo pasé genial anoche.

Carlota, somnolienta, entorna los ojos forzando la nublada vista y le responde:
—Y yo también, tigre, y yo también.

Pocos días después te queda bastante claro el misterio. A Pilar le ha confesado el moro que Armando es uno de sus mejores clientes: el venusino no es más que un tipo que se mete sustancias psicotrópicas desde que amanece hasta que cae rendido en cualquier rincón. Pero cuando cae rendido, puede que despierte dos días más tarde.

Tenéis que decirle a Pilar que ese moro tiene que salir pitando del piso.
—Dejádmelo a mí —se presenta voluntaria Helena—, que yo tengo mano izquierda. ¡Piliiiiii!
—Dime. —Pilar sale del cuarto de baño.
—Pili, bonita mía, hay que bajarse al moro —Helena ataca directamente.
—¿Qué? —Arruga la nariz ella—. ¿Has perdido la olla? ¿Quieres que trafiquemos con drogas?
—No, mona, no —aclara Helena—. HAY QUE BAJARSE AL MORO DEL APARTAMENTO. A ver si lo entiendes: el moro 'se está bajando al moro' y puede que lo haga desde aquí y sólo nos faltaba acabar en comisaría.

¿Te extraña lo de Ismail? Vamos a ver, mona: en veranito, en Marbella (en aquel entonces, la capital de la corrupción) y con ese ritmo de vida, no ibais a conocer a un buen muchacho árabe que reza sus oraciones orientado a La Meca por la mañana, al mediodía, por la tarde y por la noche, que no bebe alcohol ni come carne de cerdo y que visita la mezquita con la misma frecuencia que el locutorio para enviarle dinero a su madre enferma… Vamos, lo que se dice un hombre de bien como manda Alá.

Y respecto a los madrileños, ahora comprendes por qué no bebían más que agua, por qué llevaban esa marcha y por qué no aparecían hasta las tantas de la noche. También lo de los aseos públicos cada dos por tres y lo de mojarse el pelo y refrescarse. Te encaja todo, hasta lo de que funcione por venadas. Empiezas a recordar nombres de drogas como el éxtasis y algunas de las utilidades de la cocaína (en caso de uso tópico local) con respecto a las prácticas sexuales.

El hombre psicotrópico no es dueño de sus pensamientos. En realidad, se le han caído las dos neuronas que le quedaban en la última raya, pastilla o cristal. Y los sentimientos funcionan como tics nerviosos que responden a estímulos externos que le producen las drogas (no el cerebro, el cerebro lo tiene hecho puré).

No le des más vueltas, no intentes comprenderlo. No tiene ninguna explicación. Es algo así como intentar averiguar dónde pasan las mariposas el invierno o por qué una mamá pega a su hijo después de que se caiga al suelo (como si no se hubiera hecho ya suficiente daño, el pobre). Algo así como el enigma que encierra el que nadie reconozca en Clark Kent a Superman, o el motivo por el cual nadie muere en los dibujos animados, o por qué Gene Kelly se pone a cantar a lo tonto, sin tino ni camino, en todas las películas, o la razón por la cual el Coyote jamás pilla al Correcaminos, o por qué nadie hace caso a la vieja, o el viejo que previene del peligro en las películas de terror, o que el coche nunca arranque cuando el prota tiene que salir huyendo…

Hoy a las dos de la tarde muere por ti, pero a las cinco se tira a por otra, a las ocho sale del armario y a las siete de la mañana no se acuerda de cómo se llamaba su madre y a ti te confunde con su tía la del pueblo.

martes, 7 de abril de 2009

Aceptamos marido como animal de compañía


¿Has leído el libro? Cuéntanos qué te ha parecido, qué suprimirías, qué añadirías, lo que más te ha gustado y lo que menos. O si lo prefieres, cuéntanos tus propias experiencias, pídenos consejo. Responde a la encuesta y el que gane, se publicará la próxima semana en este blog. Besotes