miércoles, 3 de junio de 2009

Hasta luego, Curro


Cuando tenía cuatro años, un día mi madre me llevó a la consulta de un otorrino.

Me dolía mucho el oído.

Yo recordaba haberme introducido un trozo de goma de borrar, solo porque había visto a otros compañeros de colegio, que cuando padecían de lo mismo, llevaban en el interior un algodón; y, a falta de pan, buenas eran tortas.

Sí. De pequeños solemos hacer esas locuras. Y es curioso que, por unos u otros motivos, la cara de una persona permanezca en tu memoria, imborrable. Como si se hubiera quedado a vivir en tu retina para siempre.

Cuando entré, había un retrato antiguo de aquel señor. Me quedé observándolo. Era el mismo. Quizá con un poco más de pelo y más oscuro, pero era él, no cabía la menor duda.

Una señora posaba en una foto con dos niños descalzos. Un rubito, de aspecto angelical y otro gordito, algo menor, muy gracioso; que no sabía uno si se iba a echar a llorar o a mondarse de la risa.

Eso mismo me pasó a mí, cuando aquel serio doctor me invitó a sentarme en una silla metálica que se me antojó más de tortura, que de cura. Pero mamá me había chantajeado con comprarme un juguetito si me portaba bien y, tras hurgar en mi oreja con unas pinzas enormes, aquel señor (¡gran mago!) extrajo de mi oreja un papel de periódico hecho una bola arrugada y sucia.

Años más tarde (diecinueve más) resulta que me enamoré como una boba de aquel gordito gracioso y aquel médico llegó a tener nombre y apellidos para mí.

Francisco. Francisco Lázaro Verdier. Por todos conocido como Curro.

La silla metálica no era tan grande como la recordaba, ni tan aterradora. Pero allí seguían su retrato y aquel marco con la fotografía en blanco y negro.

Y el destino quiso que aquella niña asustada viviera el crepúsculo de la vida del otorrinolaringólogo.

Hace apenas unos días, mi marido (su hijo Jaime) preparando el funeral de su padre, escribió unas cuantas líneas en un folio para entregársela al cura que iba a oficiar la misa.

Las lágrimas que, hasta aquel momento, se habían vertido, mejilla abajo, silenciosamente, se convirtieron en un escandaloso raudal. ¡Qué triste que una vida entera pueda resumirse en poco más de tres párrafos!

"Curro nació en Madrid, siendo el segundo de cuatro hermanos: Pilar, María Luisa y Manuel. Cursó el bachillerato en el colegio de los Jesuitas y, a continuación, estudió la carrera de medicina, ejerciendo esta profesión hasta algunos años después de su jubilación".

"Se casó en 1956 con Pilar Aznar y tuvieron tres hijos. Uno, fallecido al poco de nacer, Francisco María y", (los dos que aparecían en aquella imagen decolorida): "Francisco José y Jaime".

"Estos le dieron dos nietos que repitieron el nombre de sus padres" (según manda la tradición. Y es que Curro era un hombre de firmes creencias y convicciones y algo aprenderían de él los niños de sus ojos)

"Fue un hombre muy trabajador".

A su espalda se echó "largas jornadas, que comenzaban a las 8 de la mañana y finalizaban a las 8 de la noche. Pasaba consulta, igualmente, en Lavapies, cuya clientela era gente de pocos recursos y apenas le daba beneficios, pero a la que no quiso desatender, quizás por recuerdo a su padre que la inició y falleció, inesperadamente nada más terminar la carrera Francisco, por lo que no tuvieron ocasión de ejercer juntos."

"Estaba muy implicado en la educación y en la cultura del esfuerzo individual".

"Siempre sacaba tiempo"(a pesar de venir totalmente reventado de cansancio) "para ayudar a sus hijos en los deberes, o explicarles cualquier cosa que no hubieran entendido bien en el colegio".

"También se preocupó mucho de que ambos practicasen deporte, implicándose en esta tarea los fines de semana".

"Jamás tuvo como objetivo el conseguir bienes materiales para llevar una vida lujosa, sino alcanzar la estabilidad y armonía familiar, llevando una existencia agradable y cómoda. Y dejar, a sus descendientes cuanto le fuera posible".

Pero él fue mucho más que todo eso. Una cálida sonrisa que, en ocasiones, se vendía cara. Un semblante agradable que no todos podían ver. Porque a Curro le conoció bien aquel que fuera capaz de leer entre líneas. Algo así como le ocurría a él, que padecía de una sordera, tan real, como simulada. Y es que Curro, muchas veces, solo lo que quería, escuchaba.

"Jamás se fue de viaje sin sus hijos". Ni tan siquiera sin los perros. Aquellos bichos peludos, de cuatro patas, que le habían impuesto en casa, quisiera o no. Y a los que, quisiera o no, terminaba por querer.

Nunca se dejaba nada en el plato. Siempre tenía presentes en su memoria aquellos tiempos de necesidad y la buena educación recibida.

¡Y como agradecía un buen guiso! ¡Daba gusto cocinar para él!

Curro lo tenía todo claro. Lo blanco era blanco y lo negro, negro. Daba envidia tanta seguridad. Y es que Curro era, de pies a cabeza, todo verdad. Al pan, candeal... y al vino, Cariñena ("¡maldito Cariñena!")

Y solía decir las cosas según le venían a la cabeza. A veces, mal recibidas, de tanto realismo que ponía en decirlas.

Si había nubes: impepinablemente, iba a llover, aunque hubiéramos previsto ir a la piscina aquel día.

Si el perro cojeaba, "dejadlo en paz, a ver si vais a fastidiar al pobre animal".

Si el mundo se había vuelto loco, "la gente es más tonta de lo que a nadie se le hubiera ocurrido esperar nunca".

El caso es que, no sabemos como se las apañaba, pero siempre terminábamos por darle la razón.

Lo que ocurre es que la verdad de Curro, en ocasiones, hería la estúpida y ñoña sensibilidad del receptor empeñado, como estamos todos, en vivir en mundos de fantasía e ilusión.

Curro tenía muy buena relación con sus hermanos y siempre estaba dispuesto a quedar con ellos. Hubiera postpuesto cualquier evento, por formidable que fuera, por ir al cine, o a jugar al pádel, con Manolo.

Y también disponía de tiempo para invertirlo en sus amigos. Las comidas del colegio, "¡Qué pena Pilar, cada vez somos menos!"... las corridas de toros... "Soy el único que sigue conduciendo"...

Curro andaba orgulloso junto a sus hijos. Sobre todo, para pasear, ir a misa, al cine, a la ópera, o al teatro.

Curro adoraba a sus nietos y nunca experimentaba el menor sonrojo por descubrir algo muy especial en ellos. Algo de lo que los demás carecieran.

Curro se levantaba temprano los domingos para comprar churros, recién hechos, para todos nosotros. A pesar de que siempre le llovieran críticas sobre si se había quedado corto, o si iban a tener que tirar unos cuantos.

Él se comía, como buen niño de la postguerra, todas las sobras, sin rechistar.

A Curro le encantaba sentir el poder del mando de la televisión, pero al final tragaba Los Simpsons, sí o también.

Curro, a veces, era como un niño, y le gustaba llamar la atención de Pilar, "la abuelita que nunca duerme": "¿Quieres hacer el favor de venir a la cama de una santa vez?".

Y robarme, a hurtadillas, los cigarros que saboreaba como si cada uno fuera el último.

Curro condujo hasta el fin de sus días, a pesar de los pitidos y los insultos. Y de que dejara más de una abolladura en el coche que hablaba.

Curro hacía la compra y a mí no me faltaba el tinto de verano y había leche para todos los gustos (entera, desnatada, semi-desnatada) y café, y té, y yogures, y Coca-Cola y jamón... y los langostinos que a Jaime "le salían de maravilla a la plancha".

Curro nos hacía reír y, muchas veces, enfadar... Ponía la radio, todas las noches, a los decibelios exactos para que el vecino aporreara, sin tregua, la pared.

Y es que Curro saboreó la vida, como aquellos cigarros, como si cada día fuera un presente divino. Sí, señor, Curro era todo un vividor. Y, si le venía bien, se levantaba a las cuatro de la mañana, para tomarse el último churro, regar las plantas, o perseguir a Pilar, que cabeceaba sobre cualquier silla o sofá, para mandarla a la cama.

Porque es una verdadera pena, que se nos regale una vida y no sepamos vivirla. Todos debiéramos aprender de Curro.

Pero Curro, se dispuso a conducir, de nuevo, el 18 de mayo para ir, una vez más, a comprar su ABC. Y no llegó a conversar con su coche automático, ni arañar su lateral con esa 'esquiva' columna. "¡Columna puñetera!"

Murió con los zapatos puestos, y sentado, por no molestar. Porque a él le aterraba una larga muerte postrado en una cama, lleno de dolores y de pesar y sentirse una carga para los que estuvieran a su alrededor.

Curro era mucho Curro y tuvo que salirse, al final, con la suya. Debía ser la sangre del General Verdier que corría por sus venas.

Si aquel fin de semana que pasamos todos juntos, sin sospechar lo que se nos avecinaba... Si aquel segundo hubiéramos sabido que sería el último, te hubiéramos dicho algo más que "Gracias por todo, Curro. Hasta mañana"... Espero que puedas cerrar la maleta que te llevas, cargada de todo nuestro amor y respeto. Por nuestra parte, no te imaginas cuanto cariño tuyo hemos ahorrado, durante todos estos años. Esa es la mejor herencia que podías dejarnos.

Pero la vida sigue. Y seguimos siendo tontos. Y reímos, lloramos, odiamos y amamos sin tón ni són. Y la vivimos, a trancas y barrancas, sin saber muy bien como hacerlo. Y seguimos preocupándonos de necedades y argumentando mediocridades como "Era muy mayor, ¿no?".

Pues sí, era mayor. Pero Curro fue hijo, fue hermano, fue esposo, fue padre, fue abuelo y uno de los buenos. Un buen hijo, buen hermano, buen esposo, buen padre, buen abuelo y buen suegro.

Y fue mago.

Un maravilloso mago que me curó del dolor de oído.

Ojalá tuvieras unas pinzas mágicas que nos arrancara, de cuajo, el dolor y el vacío que nos has dejado.

Te echamos de menos, Curro, pero de algo estoy segura:

Solo se trata de un rato.