lunes, 22 de agosto de 2016

LA NECEDAD DEL ODIO


odio
Del lat. odium.
1. m. Antipatía y aversión hacia algo o hacia alguien cuyo mal se desea.

Y, dicho esto, confieso: ya sé lo que significa el vocablo «odio» pero desconozco la sensación que inspira el sustantivo y el verbo.

Ni siquiera odié a todos los malvados y brujas de Disney ni a JR de Dallas o Ángela Channing de Falcon Crest.

Desde que tengo uso de razón, las personas que me he encontrado a lo largo de mi vida, se han dividido en dos grupos:

1.- Los que me caen bien.
2.- Los que no me caen.


(Con esto aclaro que, tras un periodo razonable de relación, los del grupo 2 pueden variar al 1 y viceversa).

Así, simplemente, como la manzanilla «te puede caer bien o mal», en el estómago, si lo tienes un poco revuelto. Sólo que, por lo que a mí respecta, no me cae porque no me gusta la manzanilla.

Debe tratarse de un trauma de la niñez ya que, cada vez que me sentía indispuesta, venía el entendido de turno a 'cascarme' una taza de la citada infusión y me hacía vomitar como una loca. ¿Y a quién le gusta pasarse un rato echando la pota?

Pero, he aquí la pregunta del millón: ¿Odio a la manzanilla? Pues no, hijos míos: ni la cato ni la huelo.


La gente que «no me cae» es traducida simultáneamente en mi cerebro como la manzanilla: nauseas, arcadas, lágrimas del esfuerzo por echarla fuera de ti, pota, babas, mocos,… ¡caca… pupa! 

Mejor, tanto mejor, muchísimo mejor: mantenerse alejada de ellas.


Así que jamás entendí expresiones tan manidas como: «del amor al odio hay sólo un paso»; «quien bien te quiere, te hará llorar»; «se está haciendo el duro porque le gustas mucho»; «lo que te tiene es mucha envidia» y otras gilipolleces similares que, de verdad, no sé a qué soberano imbécil se le ocurrirían. Bien distinto fue el viejo refrán de la abuela «el mejor desprecio es el no hacer aprecio».

Si yo amo a alguien, (lo siento, no puedo remediarlo, es más fuerte que yo), SE LO HAGO SABER. Deseo verlo, olerlo, tocarlo, escucharlo y sentirlo cerca, a todas horas. Me da igual horario y fechas del calendario.

Si quiero a alguien, LE HAGO REÍR o, al menos, lo intento. Siempre estoy dispuesta a llorar por él o con él. Y, de igual modo, quiero un montón a todo aquel que me hace reír o me presta el hombro en el momento de berrear, hipar y moquear como una plañidera griega.

Y si yo envidio a alguien LO ADMIRO SINCERAMENTE, tanto que ME GUSTARÍA SER COMO ESA PERSONA.

Que, ahora que lo pienso, ¡es que tampoco envidio a nadie, leche! Tengo todo cuanto quiero, no deseo más. Supongo que llegarán peores días, claro y habrá muchas ocasiones para preocuparse, entristecerse, lamentar, añorar, llorar, sufrir... pero, ¿odiar? ¿A quién beneficia eso?

En realidad  ¡¡soy yo la que es envidiable!! He sido bendecida con uno de los dones más maravillosos que hay: distinguir, con claridad asombrosa, la inutilidad de este sentimiento…
La necedad del odio.

Todo lo contrario: si se trataba de hundirte en la miseria y machacarte hasta el hastío, te están haciendo un favor porque te están confiriendo el poder. El poder de humillar al que se creyó un titán, al que pensó que podría importarte un puñetero rábano sus mediocres ofensas.

Me parto de la risa cuando me percato de que alguien me odia profundamente, con toda su alma, con todas las fuerzas de su ser. ¡Lo veo tan patético y tan ridículo!

¡Es tan gracioso! Lo contemplo ahí, apretando tanto los labios que acaban por desaparecer del rostro; rechinando los dientes; arrugando su nariz; plegando el ceño, contorsionando sus cejas...

Quemándose vivo por dentro, amargándose, retorciéndose de rencor.

Un rencor envejecido y caduco. Casposo, rancio, añejo, apolillado, carcomido… 

Y es que quien te odia ya apenas recuerda por qué te odiaba tanto (¡Jajajajaja!, de verdad, ¡es cierto!), pero está cumpliendo su condena a cadena perpetua: ¡tiene que odiarte hasta morír!, jaaajajajaja!!!!!

Es más: seguirá odiándote aunque sólo te encuentre durante una cena al año, por nochebuena por ejemplo. O en un par de misas de difuntos o tres almuerzos para el verano.

Mira, voy más allá: ¡¡incluso sin verte en veinte años seguirá atormentándole su odio infernal por ti!! Si falleces, se arrastrará hasta el cementerio para escupir y bailar sobre tu tumba, ¡aunque tenga que levantarse de la cama del hospital, arrancándose el goteo de sangre y suero o se vea obligado a escapar del manicomio o del geriátrico!

Mientras tanto, el pobrecillo se esforzará muchísimo en fastidiarte.

Porque, ojo, como se lo curran, ¿eh?, que los pobres
 odiadores compulsivos profesionales tienen que pelear duro por joderte vivo.

Como no invitarte a su boda o a su fiesta de cumpleaños, por ejemplo, (y tú bailando jotas aragonesas de contenta porque te ahorras el regalo, el vestido, los zapatos y el bolso).

O no aceptando o incluso llegar a devolverte un presente que tuviste que darle como cumplimiento (“cumpli-y-MIENTO”), porque era demasiado mono para ese ‘ser’ y te apetecía una barbaridad quedártelo.

Como no saludarte (incluso sin molestarse en simular que no te ha visto) cuando tú vas y ¡¡¡no lo miras siquiera!!! O lo observas como el que atisba nubes en el cielo; o como el que advierte una ráfaga de viento; presencia el fuego frente a la chimenea; ve correr agua de un grifo o... ¡Se pone delante de la lavadora a contar las vueltas que da un calcetín rojo entre la ropa!

Discurriendo y cavilando miles de indirectas 'directísimas' para incomodarte y tú, ¡miserable desagradecido!, desconectas el chip de recepción, te sumes en tus pensamientos (como qué poner de cena esta noche), te enganchas a los cascos de la música o, simplemente «oyes» el sonido de su voz como si fuera el canto de una urraca, los anuncios de la televisión que acompañan pero no escuchas o… ¡Un pedo del vecino, mismamente!


Exhibiendo sus intimidades en las redes sociales echando broncas al “vacío” que, al final, los borras y bloqueas (de puro aburrimiento) y, por eso, ni te enteras.

¡Qué penita!, ¿no te inspiran lástima? Son como voces que claman al desierto!: «Señññoooraaa, no se crea usted que yooo…»; «Hay por ahí caballerosss queee …»; «A los que dicen que…»; «A los que no dicen que…»; «Mira que me joroban los que…»; (¡Pfff, que petaaaarrrdooo!)

¡¡¡Pobres, pobres, pobres odiadores compulsivos profesionales!!! Debieran cobrar un plus de peligrosidad en la nómina porque tanto odio no puede ser bueno para el feng shui de su cocina, ni para el chí, el ying, el yang… ni para el hígado (que de toda la bilis que tragan deben tener unas diarreas que ya no debe contenerlas ni la ‘Tena Lady Plus-Súper-Forte-BROWN’.

Yo ya soy mayorcita, no tengo que sonreír si no me apetece; mantener el tipo y comportarme con quien no me da la gana de tratar; taparme la nariz para poder engullir «la manzanilla».

Tengo muchos seres queridos y poco tiempo para atenderlos, no voy a malgastarlo tan siquiera en decirles lo que se merecen o criticarlos. Que hagan lo que les venga en gana. Merecen ser felices y sí así lo son, allá ellos. Porque, en realidad, deben sentirse muy desgraciados.

No se limitan a vivir y dejar vivir, no. Ni pueden disfrutar de su propia vida. Porque ésta no vale absolutamente nada sin la razón de su existir: su odio: "Quiero ir pero no voy a ir para que se joda"; "No me apetece ir pero, mira, voy a ir para incordiar"...

Y no vienen... ¡y lo pasamos en grande!


Y vienen y lo pasamos igual o mejor. Su insignificante existencia es como la de una pared en blanco, una columna en mitad del salón, un vaso sobre la mesa... ¿Qué digo, un vaso?: ¡Mucho menos!, la huella que deja un vaso húmedo sobre la madera.

Hacedme caso, extirpaos, de una vez, ese cáncer que os va a matar.

Paz y amor, hermanos, ¡liberaos!

©Miriam Lavilla, 2016

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