lunes, 22 de agosto de 2016

LA NECEDAD DEL ODIO


odio
Del lat. odium.
1. m. Antipatía y aversión hacia algo o hacia alguien cuyo mal se desea.

Y, dicho esto, confieso: ya sé lo que significa el vocablo «odio» pero desconozco la sensación que inspira el sustantivo y el verbo.

Ni siquiera odié a todos los malvados y brujas de Disney ni a JR de Dallas o Ángela Channing de Falcon Crest.

Desde que tengo uso de razón, las personas que me he encontrado a lo largo de mi vida, se han dividido en dos grupos:

1.- Los que me caen bien.
2.- Los que no me caen.


(Con esto aclaro que, tras un periodo razonable de relación, los del grupo 2 pueden variar al 1 y viceversa).

Así, simplemente, como la manzanilla «te puede caer bien o mal», en el estómago, si lo tienes un poco revuelto. Sólo que, por lo que a mí respecta, no me cae porque no me gusta la manzanilla.

Debe tratarse de un trauma de la niñez ya que, cada vez que me sentía indispuesta, venía el entendido de turno a 'cascarme' una taza de la citada infusión y me hacía vomitar como una loca. ¿Y a quién le gusta pasarse un rato echando la pota?

Pero, he aquí la pregunta del millón: ¿Odio a la manzanilla? Pues no, hijos míos: ni la cato ni la huelo.


La gente que «no me cae» es traducida simultáneamente en mi cerebro como la manzanilla: nauseas, arcadas, lágrimas del esfuerzo por echarla fuera de ti, pota, babas, mocos,… ¡caca… pupa! 

Mejor, tanto mejor, muchísimo mejor: mantenerse alejada de ellas.


Así que jamás entendí expresiones tan manidas como: «del amor al odio hay sólo un paso»; «quien bien te quiere, te hará llorar»; «se está haciendo el duro porque le gustas mucho»; «lo que te tiene es mucha envidia» y otras gilipolleces similares que, de verdad, no sé a qué soberano imbécil se le ocurrirían. Bien distinto fue el viejo refrán de la abuela «el mejor desprecio es el no hacer aprecio».

Si yo amo a alguien, (lo siento, no puedo remediarlo, es más fuerte que yo), SE LO HAGO SABER. Deseo verlo, olerlo, tocarlo, escucharlo y sentirlo cerca, a todas horas. Me da igual horario y fechas del calendario.

Si quiero a alguien, LE HAGO REÍR o, al menos, lo intento. Siempre estoy dispuesta a llorar por él o con él. Y, de igual modo, quiero un montón a todo aquel que me hace reír o me presta el hombro en el momento de berrear, hipar y moquear como una plañidera griega.

Y si yo envidio a alguien LO ADMIRO SINCERAMENTE, tanto que ME GUSTARÍA SER COMO ESA PERSONA.

Que, ahora que lo pienso, ¡es que tampoco envidio a nadie, leche! Tengo todo cuanto quiero, no deseo más. Supongo que llegarán peores días, claro y habrá muchas ocasiones para preocuparse, entristecerse, lamentar, añorar, llorar, sufrir... pero, ¿odiar? ¿A quién beneficia eso?

En realidad  ¡¡soy yo la que es envidiable!! He sido bendecida con uno de los dones más maravillosos que hay: distinguir, con claridad asombrosa, la inutilidad de este sentimiento…
La necedad del odio.

Todo lo contrario: si se trataba de hundirte en la miseria y machacarte hasta el hastío, te están haciendo un favor porque te están confiriendo el poder. El poder de humillar al que se creyó un titán, al que pensó que podría importarte un puñetero rábano sus mediocres ofensas.

Me parto de la risa cuando me percato de que alguien me odia profundamente, con toda su alma, con todas las fuerzas de su ser. ¡Lo veo tan patético y tan ridículo!

¡Es tan gracioso! Lo contemplo ahí, apretando tanto los labios que acaban por desaparecer del rostro; rechinando los dientes; arrugando su nariz; plegando el ceño, contorsionando sus cejas...

Quemándose vivo por dentro, amargándose, retorciéndose de rencor.

Un rencor envejecido y caduco. Casposo, rancio, añejo, apolillado, carcomido… 

Y es que quien te odia ya apenas recuerda por qué te odiaba tanto (¡Jajajajaja!, de verdad, ¡es cierto!), pero está cumpliendo su condena a cadena perpetua: ¡tiene que odiarte hasta morír!, jaaajajajaja!!!!!

Es más: seguirá odiándote aunque sólo te encuentre durante una cena al año, por nochebuena por ejemplo. O en un par de misas de difuntos o tres almuerzos para el verano.

Mira, voy más allá: ¡¡incluso sin verte en veinte años seguirá atormentándole su odio infernal por ti!! Si falleces, se arrastrará hasta el cementerio para escupir y bailar sobre tu tumba, ¡aunque tenga que levantarse de la cama del hospital, arrancándose el goteo de sangre y suero o se vea obligado a escapar del manicomio o del geriátrico!

Mientras tanto, el pobrecillo se esforzará muchísimo en fastidiarte.

Porque, ojo, como se lo curran, ¿eh?, que los pobres
 odiadores compulsivos profesionales tienen que pelear duro por joderte vivo.

Como no invitarte a su boda o a su fiesta de cumpleaños, por ejemplo, (y tú bailando jotas aragonesas de contenta porque te ahorras el regalo, el vestido, los zapatos y el bolso).

O no aceptando o incluso llegar a devolverte un presente que tuviste que darle como cumplimiento (“cumpli-y-MIENTO”), porque era demasiado mono para ese ‘ser’ y te apetecía una barbaridad quedártelo.

Como no saludarte (incluso sin molestarse en simular que no te ha visto) cuando tú vas y ¡¡¡no lo miras siquiera!!! O lo observas como el que atisba nubes en el cielo; o como el que advierte una ráfaga de viento; presencia el fuego frente a la chimenea; ve correr agua de un grifo o... ¡Se pone delante de la lavadora a contar las vueltas que da un calcetín rojo entre la ropa!

Discurriendo y cavilando miles de indirectas 'directísimas' para incomodarte y tú, ¡miserable desagradecido!, desconectas el chip de recepción, te sumes en tus pensamientos (como qué poner de cena esta noche), te enganchas a los cascos de la música o, simplemente «oyes» el sonido de su voz como si fuera el canto de una urraca, los anuncios de la televisión que acompañan pero no escuchas o… ¡Un pedo del vecino, mismamente!


Exhibiendo sus intimidades en las redes sociales echando broncas al “vacío” que, al final, los borras y bloqueas (de puro aburrimiento) y, por eso, ni te enteras.

¡Qué penita!, ¿no te inspiran lástima? Son como voces que claman al desierto!: «Señññoooraaa, no se crea usted que yooo…»; «Hay por ahí caballerosss queee …»; «A los que dicen que…»; «A los que no dicen que…»; «Mira que me joroban los que…»; (¡Pfff, que petaaaarrrdooo!)

¡¡¡Pobres, pobres, pobres odiadores compulsivos profesionales!!! Debieran cobrar un plus de peligrosidad en la nómina porque tanto odio no puede ser bueno para el feng shui de su cocina, ni para el chí, el ying, el yang… ni para el hígado (que de toda la bilis que tragan deben tener unas diarreas que ya no debe contenerlas ni la ‘Tena Lady Plus-Súper-Forte-BROWN’.

Yo ya soy mayorcita, no tengo que sonreír si no me apetece; mantener el tipo y comportarme con quien no me da la gana de tratar; taparme la nariz para poder engullir «la manzanilla».

Tengo muchos seres queridos y poco tiempo para atenderlos, no voy a malgastarlo tan siquiera en decirles lo que se merecen o criticarlos. Que hagan lo que les venga en gana. Merecen ser felices y sí así lo son, allá ellos. Porque, en realidad, deben sentirse muy desgraciados.

No se limitan a vivir y dejar vivir, no. Ni pueden disfrutar de su propia vida. Porque ésta no vale absolutamente nada sin la razón de su existir: su odio: "Quiero ir pero no voy a ir para que se joda"; "No me apetece ir pero, mira, voy a ir para incordiar"...

Y no vienen... ¡y lo pasamos en grande!


Y vienen y lo pasamos igual o mejor. Su insignificante existencia es como la de una pared en blanco, una columna en mitad del salón, un vaso sobre la mesa... ¿Qué digo, un vaso?: ¡Mucho menos!, la huella que deja un vaso húmedo sobre la madera.

Hacedme caso, extirpaos, de una vez, ese cáncer que os va a matar.

Paz y amor, hermanos, ¡liberaos!

©Miriam Lavilla, 2016

miércoles, 29 de junio de 2016

La ilusión perdida y hallarla en el niño que hay en ti



ilusión
Del lat. illusio, -ōnis.
1. f. Concepto, imagen o representación sin verdadera realidad, sugeridos por la imaginación o causados por engaño de los sentidos.
2. f. Esperanza cuyo cumplimiento parece especialmente atractivo.
3. f. Viva complacencia en una persona, una cosa, una tarea, etc.

Empezamos mal. Si la ilusión está basada en algo irreal o instado por la imaginación… lo llevamos claro. Pero también puede ser algo válido para despertar, cada día, con una sonrisa ¿Por qué no?

¿Os acordáis de nuestra infancia? ¿La ilusión con la que nos levantábamos a correr bajo el árbol de navidad la mañana de los Reyes Magos? ¿Buscando bajo la almohada el regalo que el Ratoncito Pérez nos dejó a cambio de nuestro diente?

Cuando contábamos pocos años de edad era muy fácil soñar. Lo hacíamos a todas horas y nos recreábamos en ese sueño. Acariciábamos la idea constantemente.

Aquel pequeño ser, sin cicatriz alguna, sin haber sido lastimado tantas veces, sin haber pasado por decepciones… se veía bombero, policía, astronauta, veterinario, médico, enfermera, socorrista, maestro, propietario de una gran multinacional, pintor, escritor, director de cine, actor, actriz, modelo de pasarela o publicitario, futbolista, cantante… Y, jugábamos a serlo. En realidad, lo creíamos a pies juntillas y estábamos dispuestos a luchar por ello.

Ahí nacía la segunda definición: “esperanza cuyo cumplimiento parece especialmente atractivo”.

Esa esperanza sólo dependía de nosotros. De nuestra voluntad. De nuestro esfuerzo, nuestro ahínco, nuestro tesón. De nuestra capacidad para adelgazar haciendo régimen y ejercicio, de acostarnos todas las noches embadurnados de cremas anti-acné, de nuestra constancia para estudiar, para entrenar, para ensayar, para trabajar duro por alcanzar esas metas. Nadie se nos ponía por delante. ¡Nos íbamos a comer el mundo!

¿Cuándo nos rendimos? ¿Por qué perdimos el rastro de ese chiquillo que un día vivió ahí adentro? ¿Dónde fueron a parar él y todos aquellos sueños?

Debe estar por ahí, oculto, esperando a ser rescatado. La gente que lo encuentra, de nuevo, es capaz de desandar el camino y recomenzar a andar uno nuevo. Gente que suspendió selectividad, que no terminó el bachiller superior, gente que ya con hijos mayores o incluso nietos… ¡¡¡Volvieron a la universidad o a retomar sus estudios!!! A aprender idiomas, a poner sus casas como centros de acogida para animales abandonados, a apadrinar niños del tercer mundo, a adoptarlos… A hacer “locuras” ante el pasmo total del ajeno circundante o de, como cantaba Manolo García "ante el asombro de un transeunte solitario".

Gente que no se resignó a vivir bajo el mismo techo con una persona de la que se enamoraron, hacía tiempo pero por la que, hoy por hoy, ya no sienten nada. O no soportan. O ya no tienen nada en común, ni de qué hablar. Amores rotos hechos añicos, cuya reconstrucción es inviable.

Infelices que se incorporaron de su tropiezo, se sacudieron las ropas, se lamieron las heridas, tomaron carrerilla y echaron a correr. Gente que, (para seguir con el ejemplo de la misma canción) "hizo pájaros de barro y los echó a volar".

Volando también ellos mismos. Más alto, arrojando lastre; tirando de las drizas para izar las velas, encendiendo máquinas a todo gas.

—¿No te da vergüenza, a tu edad, separarte de tu mujer / ponerte a estudiar de nuevo / hacer un curso de pintura / escultura / creación literaria?¿Casarte con un tipo al que le soplas casi veinte años?
—Y, a ti, ¿no te da vergüenza ser tan desgraciado y resignarte? ¿No hacer nada por salir de tu miseria más que quejarte... llorar tu mala fortuna y culpar a los demás de tus fracasos? ¿No te avergüenza ser tan mediocre y conformarte?

Y llegamos a la “viva complacencia por una persona / cosa o tarea

Si la ilusión de tu vida se limita a sueños del tipo “cuando me toque la lotería, me pongo a viajar / me compro el yate / el chalet de la playa / sierra / Ferrari Testarrosa…”, bájate del guindo… O mejor: bájate de internet todos los capítulos de “Los Ricos También Lloran”. Esa ilusión es más ineficaz que el ángel de la guarda de los Kennedy.

Y si esa ilusión depende de terceros ya es impensable.

Siempre habrá alguien en la cola de la pescadería que te amargue la existencia. Te encontrarás en mitad de un atasco insoportable en la M-30, te insultará el espabilao que quiere incorporarse en tu carril y a ti no te da la gana de que nadie te tome el pelo después de una hora esperando a arrancar. Tu marido habrá tenido un día de perros en el trabajo y llegará a casa con un humor infumable. Tu mujer habrá sido despedida. Tu hijo te traerá sus calificaciones y verás que ha suspendido hasta el recreo. Tu suegra enferma se tiene que ir a vivir contigo. Tu equipo de fútbol ha perdido el partido o han ganado las elecciones, sin ir más lejos: los que las han ganado.

Eso sin contar con que puede morir tu perro / gato / canario / padre / madre / un buen amigo / novio / esposo / señora parienta. Que tú o alguien importante ha enfermado de cáncer. Que tu hijo ha asesinado o robado o defraudado a hacienda y tiene que ser encarcelado. Todas estas situaciones son más difíciles de asumir. Ardua tarea y largo proceso para curar.

Si te creíste aquello del “se casaron, fueron felices y cenaron perdices”, ¡has vuelto a la infancia! Aprovecha la regresión y trata de recordar qué querías ser cuando tuvieras la edad que tienes ahora mismo. ¿Por qué te gustabas tanto? ¿Qué te hacía sentirte tan bien? ¿En qué encrucijada de caminos te desviaste y tomaste la ruta equivocada?

Y una vez que lo encuentres… cúrratelo, por favor. Y una vez más, no seas tan estúpido de dejar a “ningún tercero” (a ningún plancton) las riendas de tu vida, la capacidad de desalentarte, de desmoralizarte o de venirte abajo.

De hecho, para recorrer ese nuevo camino que te lleve a buen puerto; para montarte en el tren que te conduzca a la estación idónea, vas a tener que prescindir de personas-obstáculo que dificultarán que avances. Tendrás que aceptar el momento de la despedida, aunque duela, en cuanto se presente. Es lo que hay. Una persona que logra que no te sientas a gusto contigo mismo, no merece la pena. Son vampiros emocionales. Te muerden y succionan, junto con tu sangre, toda tu energía vital. No es necesario que te balden a hostias para estar con un maltratador. Un ser despreciable que te hace sentir insignificante y te trata como tal, ya es un maltratador en toda regla.

Da igual si tienes que decir adiós a tus mismos padres, hermanos o incluso tus propios hijos. A tus hijos les diste la vida, la educación, los valores, tu libertad, tu descanso con miles de noches en vela, tus vacaciones aún trabajando a jornada completa. No volviste a ser el mismo, te sacrificaste por ellos, les diste tu juventud, tu paciencia, tu alegría y tu buen humor, ¡lo diste todo!

Y con todo... se largaron,
sin pedir permiso ni tus bendiciones.
Reconoce que un día elegirán y tú, por mucho que te quieran, estarás en el último o penúltimo lugar en su orden de prioridades.

Una pequeña dosis de egoísmo inyectada directamente en vena es una buena vacuna y viene genial en estos casos. Quererse, mimarse, volver a recuperar la fe y la confianza en uno mismo ¡No veas lo que favorece!

Cómprate un paquete de post-its y escribe, todos las noches, el mensaje que quieras o necesites leer a la mañana siguiente. Adhiérelo sobre el espejo para que lo encuentres allí, al tiempo que te ves reflejado.

"Demuéstrate, a ti, que puedes hacerlo. Que lo valoren los demás no es importante, basta con que lo hagas tú. Cada uno tiene sus preferencias. Tú quieres conseguir la luna y el resto se conforma con la bombilla. Lo que quiere la mayoría no es lo más correcto. O, al menos, no para todo el mundo”.

“Nunca dejes de creer que puedes conseguirlo”.

“No te rindas jamás. Si no lo intentas, no lo logras”.

“Nadie dijo que fuera fácil pero tampoco que sea imposible”.

“Ganaste batallas peores, puedes salir victorioso de ésta”.

“No importa que llores, las lágrimas limpian y te hacen fuerte”.

“Continúo siendo ese niño
y sigo esperando a que cumplas tus promesas,
todas y cada una de las que me hiciste.
No me defraudes”.

© Miriam Lavilla Muñoz, 2016

sábado, 18 de junio de 2016

Como ovejas sin pastor, como vacas sin cencerro o como pollos sin cabeza.


Echando un vistazo a varias páginas de Facebook, me he encontrado con la página de “Mayahuasca Shaman José Luis DMT”. Ha sido, cuando menos, enriquecedor.



Debe tratarse de un “shaman” en toda regla y publica varias imágenes, siempre agradables y transmitiendo buenas vibraciones, con epígrafes o consejos.


Pero me ha llamado la atención poderosamente una: la que acompaña a mi entrada.


Resulta que en el afán compulsivo y desesperado de atacar, sin descanso, a los creyentes (por lo que veo, se trate de la religión que se trate) cae en la peor de las contradicciones: “Yo soy tu CHAMAN, soy tu GURÚ, soy tu COACH (pero jamás un “pastor”) y te voy a guiar porque tú solito no sabes hacer una 'o' con un canuto porque, en realidad, lo que eres es un cordeeeeeeero.”


¡Vaya faenita! Debe ser que este chaman de chichinabo tiene a su peor enemigo como asesor de imagen, como Community Manager o como director de contenidos.



Porque, perdonen mi atrevimiento, pero, ¿quién no ha necesitado, más de una vez, de dos y de tres, el consejo de unos buenos padres o un buen hermano?; ¿la orientación de un buen tutor, un educador, un psicopedagogo, un psicólogo o incluso un buen psiquiatra?; ¿de un abogado, de un mediador o simplemente el apoyo de un leal amigo?



¿De verdad nos creemos aquel viejo cuento del “yo me creé a mí mismo”?



¿Quién puede decir que maduró y llegó a ser lo que se es sin ayuda de nadie?



Yo, afortunada o lamentablemente, soy lo que soy, gracias a mi experiencia, gracias a lo que viví, gracias a mis padres, mis hermanos, mis amigos, mis profesores… Gracias a lo que me pasó, por buscármelo yo misma o por correr la mala suerte de que me sucediera cuanto me sucedió. Porque sí, ya es hora de que lo vayamos asumiendo “nos merecemos TODOS cuanto nos pasa”.



Tuve unos padres (aún los tengo) que nunca me dieron la razón porque sí (y siguen con esa fea costumbre). Y una hermana que parece, en miles de ocasiones, estar de parte más “del enemigo” que de la mía. 

Siempre que me he cargado de razón y he explicado mis motivos, me los han echado abajo. “Es que túuuu, nenaaaa, muchas veeeceees…”. "Perdona, bonita, pero no está bien lo que has hecho."



Por eso doy gracias, cada mañana, por tenerlos y siempre digo que “cuando me dejo guiar por la cruz del norte, en lugar de la osa mayor, son ellos la brújula que no encuentro en mis bolsillos y me conducen, de nuevo, al camino correcto”. Y les agradezco sinceramente que me hayan enseñado a educar a mi hijo del mismo modo. (Sí, mi hijo es muy rico, muy gracioso y muy guapo pero no siempre tiene la razón y no siempre se porta bien).



Y eso me lleva a pensar en todos los seguidores de este “chaman”.



La radiografía de estos especímenes biológicos de la naturaleza diagnostica, claramente, que se trata de una raza muy habitual en la sociedad. Son pseudo-adultos que necesitan de esas frases, citas o epígrafes para seguir viviendo. Son su adicción. Se las creen y las comparten a todas horas para hacer creer a los demás, al resto de los mortales, que las ponen en práctica en cada momento de sus vidas. Tienen un hambre voraz de ellas para excusar sus comportamientos.



Son personas sin conflictos internos. ¡¡Vaya suerte!!, ¿no? Porque yo no es que tenga uno, dos o mil… Un millón de veces, cuando echo la vista atrás a mi pasado, pienso que, en cierta ocasión, fui una verdadera hija de la gran puta (sin ofender a mi madre) o me porté de una forma abominable o, cuando menos, “políticamente incorrecta”. Un billón de veces me he arrepentido de algún acto y un trillón de veces me he sentido fatal y me he decepcionado y defraudado por completo.



Seguramente sus papás les reían las gracias a todas horas, les enseñaron aquello de “ser ellos mismos” y aplaudieron todas y cada una de sus actuaciones. En cuanto a sus amigos, tres cuartas de lo mismo. Con total certeza son los reyes de la fiesta pero nunca acompañaron a un ser querido (o pseudo-querido) en sus peores momentos. Porque no… “porque no tienen ganas de malos rollos”.



Se creen en posesión de la verdad absoluta por tanto, no merece la pena la discusión. Además, las discusiones también dan muy mal rollito.



Que les vaya muy bien con esto pero yo prefiero no contar con gente así a mi lado. Es más, cuando nos vayamos haciendo mayores tendremos pocas ganas de fiesta, por tanto, si saco brillo a mi bolita de cristal puedo ver una larga soledad... les vaticino, -que no deseo-, un futuro muy solos.



¡Que suerte la mía ser una oveja (o una puta cabra, según el pie con el que me levante) para poder perderme una y mil veces y que algún “pastor” venga a rescatarme y a devolverme a la senda adecuada!


©2016 Miriam Lavilla Muñoz

miércoles, 1 de junio de 2016

Me bajo en la próxima pero nos vemos al otro lado del puente




Hola, cariño,


Sé que ahora el aire no pasa de tu garganta. Tienes un nudo estropajoso en mitad del esófago y ni siquiera puedes tragar con normalidad. Lo sé.


Sé que el primer pensamiento de tus amaneceres es una pregunta sin respuesta: “¡¿Por qué despierto?!


Y que te pasarás el día anhelando que la noche llegue, te acurruque entre las sábanas y te lleve lejos de donde estás. Deseando que nada te desvele para volver a entregarte en los brazos de cualquier sueño que te evada de la realidad y facilite el hecho de no enterarte de lo que está sucediendo.


Sé que te duele sonreír, no hablemos de reír.


Que te sientes culpable por incluso seguir respirando. No te atormentes, te lo ruego.


Me ha pasado, te ha pasado… Nadie elige estas cosas. Ni lo quisiste tú ni lo decidí yo.


Acepta que tu viaje no ha terminado. Que aún no alcanzaste tu meta. Que la vida continúa para ti.


Cuenta con los dedos de las manos, cada día, todos los motivos que tienes para ser feliz, para seguir luchando.


No deshagas planes, piensa que quizás no haya más “próximo mes… próximo año”, más “siguiente verano”, más “cualquier otro día” o más “mañana”. Ahora sabes de esto más que antes.


Sé que últimamente se ha inundado tu espacio de palabras huecas que vuelan en forma de alientos confundiendo ecos de boca en boca: “pérdida… pésame… la vida… Dios… el tiempo… sentimiento”, pero, por favor, recuerda que eres querido porque eres especial y la intención de todos es acompañarte, que les sientas cerca y, en la medida de lo posible, ayudarte a sobrellevar esa carga que te ha tocado.


Son más fáciles de pronunciar que “y, ahora…, ¿qué vas a hacer con tu vida?”; “¿dónde vas a guardar todos sus recuerdos?”; “¿en qué vas a invertir todo el amor que te deja y te queda?”; “cuéntame cómo era, cómo hablaba, como andaba, cómo sentía... cuando respiraba?”.


Si son amigos, de verdad (y no lo pongo en duda), entenderán que no tengas ganas de hablar. Y, es más, cuando haya pasado todo, se hayan celebrado los funerales y regrese la rutina…, -que llegará-, sentirás más la soledad, los llegarás a echar de menos. “Al menos, entretenían”.


Por otra parte, en algo tienen razón: el tiempo no todo cura, pero ayuda. Lo que más te deseo es que pase veloz para ti en esta época, al menos.


Es triste pensar que cuando los días son todos lo mismo, pasan rápido pero es totalmente necesario. Sólo te hace falta tiempo. Un poco de tiempo… un preciado, -y más o menos extenso-, periodo de duelo.


Como el que invierte aquel que perdió el oído en aprender a leer los labios.

O el que enmudeció y ahora se expresa con las manos.

O al que la vista le falló pero desarrolló el sentido del tacto y puede leer con las yemas de los dedos.


Ahora te falta el brazo derecho pero aprenderás a usar el izquierdo.

Ocasionalmente, hasta te dolerá o te picará… parece que pretendiera que jamás olvides que una vez ocupó su lugar en tu cuerpo.

Y, de hecho, recordarás ese ausente miembro, toda tu vida. No habrá nada que impida que lo eches en falta y que, a pesar de todo, aún lo encuentras necesario.


Pero llegará el día diferente. El que no volverá a ser "el mismo". En que amanecerás pensando en tu agenda de trabajo, en el próximo concierto o en el día que quedaste con amigos para ir al cine. El día en que el oxígeno, no sólo pasará de tu garganta, recorra entero tu esófago y llenará de viento tus pulmones. Un huracán que se abrirá paso entre tus labios.


Volverás a sonreír y a reír como siempre lo hiciste y como yo quiero que sigas haciéndolo.

Aprenderás a vivir sin mí como tuviste que acostumbrarte a hacerlo conmigo.

Vivirás con más intensidad cada momento porque lo apreciarás mucho más que antes, porque tendrás muy presente que puede ser el último.


Y tal vez vuelvas a amar y no me ofenderás por ello.


Será distinto, quizás más, puede que menos… ¡Bah, es igual! Yo sé que nadie me robará ese pedazo de ti que me corresponde. Que es mío, que seguirá siendo nuestro. Que siempre rememorarás, tal vez cuando estés a solas, en silencio.


Nadie podrá arrebatarnos lo que vivimos juntos y sentimos cuando éramos uno y no dos. Nadie me quitará tus caricias ni tus besos ni tus abrazos. Regalarás otros pero no puedes repartir los mismos que atesoro y me llevo muy adentro.


Recuérdame tal como soy, no vayas a equivocarte idealizándome o beatificándome. Con mis virtudes y mis defectos: aquellos que te hicieron mondarte de la risa y los que te desesperaron. Nada me decepcionaría más que hallarte añorando a alguien que nunca existió.


No hables de mí si vas a hacerlo con angustia. No podría soportar ser la causante de tanto dolor, de tanta aflicción, de tanto sinsabor, de tanta amargura.


Y, es más, si acepto esperarte hasta que volvamos a vernos, quiero que regreses idéntico al último día en que nos vimos, no te me vayas a echar a perder en el camino.


Te lo imploro: permíteme seguir viviendo, mientras vivas…


justo... AHÍ DENTRO.

©Miriam Lavilla Muñoz - 2016