domingo, 21 de septiembre de 2014

Última entrevista a Miriam Lavilla en TodoLiteratura.es

http://www.todoliteratura.es/noticia/7517/ENTREVISTAS/Entrevista-a-Miriam-Lavilla-Aceptamos-lagarta-como-princesa-de-cuento.html

miércoles, 6 de agosto de 2014

SUPERVIVENCIA EN ABU DABI = EL Ramadán yyy... la carretera.


“Hemos llegado en mala época: el Ramadán.

Eso significa que, desde que sale el sol hasta que se pone, NI ALÁ toma un trago de agua, ni fuma, ni comeeee, niiii... ya no sabemos que más.

Así que al DIABLO OCCIDENTAL le cierran el bar de la piscina, los chiringuitos de la playa y le dan de comer "a escondidas" en los hoteles (ocultos tras unas cortinas). Y aquí servidora, si se quiere fumar un cigarrito, se tiene que ir a la rue, (que ya hay que tener ganas) y hacerlo discretamente, como si estuviera paseando.

Os cuelgo en la imagen la vestimenta típica del hombre de Abu Dhabi. Vamos, que yo que veo menos que Pepe Leches, seguro que me confundiría constantemente de marido. Lo que sí os digo es que la gran mayoría están flacos.

Hay que echarle imaginación para tener una fantasía erótica con uno de ellos, oye, pero algunos hasta te parece que puedan estar fibrosos bajo la túnica ésa.

Ah, OTRO TIPO DE SUPERVIVENCIA ES EN LA CARRETERA: hay autopistas de cinco carriles y los tipos llevan unos Ferraris y unos carros de la leche, los ponen a todo gas y te adelantan: por la derecha, por la izquierda, por arriba, por abajo, por delante y por detrás: de hecho, como te despistes, te sacuden por la retaguardia y te llevan por delante.

¿Quién fue la/s cachonda/s que querían que condujera aquí?”

martes, 5 de agosto de 2014

VIAJE A LOS EMIRATOS ÁRABES UNIDOS - ABU DABI


Como voy contando mi vida obra y milagros, en el Facebook, los que ya habéis ido leyendo mis publicaciones, pues en este punto, podéis dejarlo porque ya conocéis todos los detalles y os voy a aburrir soberánamente.

Es que esto de mi blog a mí me sirve como retroalimentación y, además, cada vez que quiero buscar algún texto en FB, me tiro unos veranos y no lo encuentro y ya me conocéis soy una chica práctica, todo cuanto escribo (da igual lo malo que sea), al final, me sirve para incluirlo en mis novelas. Por eso, nunca he sentido el menor apuro en tirar a la chimenea de Suegrilandia algunas de mis obras (nueve, nueve en concreto, de momento). Ese no es trabajo perdido, se acopla en otro contexto y arreando.

Hoy comienzo con el primer capítulo: mi llegada a los Emiratos Álvarez, como los llama la tita. Pincho, copio y pego, hala.

Buenas,

Ya soy dos horas más vieja que vosotros, ahora mismo.

Una y cuarto de la mañana, cuando en España andaréis por las once.

Contra todo pronóstico esto me gusta. No me costaría nada acostumbrarme a esta buena vida. Hay 100 esclavos detrás de ti pendientes constantemente de tus necesidades: limpian el suelo antes de que lo pises, lo limpian después de que lo hayas pisado; te dan la toalla a la entrada de la piscina, te acompañan hasta la tumbona que elijas, te abren la sombrilla, te la colocan…

Cada vez que sales, a tu regreso, dejas el coche en la entrada y ellos toman tus llaves y te lo aparcan (ni conocemos el parking), al salir das tu ticket, ellos lo sacan y te lo dejan ante tus narices…

Tienes fruta fresca a tu disposición en un saloncito, café para tomar a antojo, unas galletitas que son un verdadero vicio…

Creo que a Jaimete aún le gusta mucho más que a mí (por aquello de lo vaguísimo que es el jodío y lo poco que le gusta hacer el mínimo esfuerzo.

El hotel está en Yas Island. Cerquísima del Yas Island Circuit (circuito de Fórmula 1), del Yas Waterworld park (un parque acuático), de un campo de golf enorme, y del Museo o parque temático de Ferrari (Ferrari World). Es decir, bien situado pero, en fin, aquí no hay “barrio” bien ubicado porque entre unos y otros hay kilómetros y kilómetros de descampados desérticos… (y nunca mejor dicho) Por eso mismo se trata de una nación con mucho futuro… todo está aún por construir.

Nuestra habitación (por venir con familia acoplada) es como si digamos un apartamento de Aparthotel: tiene una pequeña cocina totalmente equipada (lavadora, secadora, horno, microondas, placa de vitrocerámica y todos los electrodomésticos del mundo mundial). Un salón amplio (con sofá cama para el peque), una habitación y un cuarto de baño. Dos televisiones (una para el salón y otra en la habitación)… En resumidas cuentas, todo lo necesario para vivir y para hacerlo bien porque ni tienes que hacer la cama, ni fregar, ni nada de nada.

La temperatura… eso ya es otro cantar. Digamos, para que os hagáis una ligera idea, (pero muy muy muy liviana) que es como un Valencia o Alicante a lo bestia. Alta temperatura (más, mucho más que en Levante) y con grandes dosis de humedad.

Todo es muy confuso, no sabes si las cataratas que te recorren la piel son debidas a la humedad ambiental o se trata de transpiración. Yo me inclino por la última opción. Aquí no tienen la menor utilidad ni las cejas ni las pestañas: el sudor se te mete hasta en los ojos.

Por lo que las fotos se hacen a toda velocidad: vas a un sitio, bajas del coche, posas y sales pitando de nuevo al coche. Como hayas puesto el dedo en el foco o te haya salido movida y tengas que repetir la instantánea… ¡La gibamos, tía Paca! En la próxima imagen parecerá que estés asistiendo a un concurso discotequero de camisetas mojadas.

Eso ocurre cuando la temperatura alcanza de 38 a 40 ºC, cuando sobrepasan los 45 ya, es tan tan tan ardiente que acaba hasta con la humedad. Pero, curiosamente, casi se prefiere a lo del baño turco constante ese. Y el viento, o no lo hay, o es como si te metieran en una secadora.

Lo que no me explico es como no pillamos una pulmonía o un catarro de órdago a la grande, los aires acondicionados de todos los interiores están a tal nivel que te despeinan el flequillo y, en ocasiones, hasta agradeces el salir al exterior (claro, que a los dos segundos exactamente, te arrepientes). Que para dejar de fumar todo esto está muy bien: en los interiores no te lo permiten y si buscas un exterior, después de dos caladas ya deseas tirarlo y salir pitando por patas.

Aquí lo más común es ir de visita a los Malls. Los malls son centros comerciales, sin más, pero son verdaderos parques temáticos. Es decir, te quedas ojiplática, viéndote como una paleta haciendo fotos en los malls, talmente como si te encontraras un grupo de turistas chinos reportando gráficamente cada esquina de un Carrefour.

Las tiendas son la pasada. Las mejores marcas: Dior, Gucci, Prada, Tiffany, Cartier, Louis Vuitton, Hermes, Jimmy Choo, Rip Curl, Element, Quicksilver, DG, Etnies, Diesel, DKNY… y un larguísimo etcétera. Dentro de ellos, te puedes sorprender encontrándote un pueblo entero, un parque de atracciones, una pista de hielo para patinar o incluso toda una gran estación de esquí. Y la clientela va a juego. Vamos, que cada vez que una chica de éstas (las de la capita) entra en una tienda de esas con sus amiguitas, al propietario le debe "apañar" la facturación mensual y, si me apuras, la anual también.

Lo que me encanta de este sitio es el olor. No sé explicarlo. Quizás sea la humedad, las plantas que tratan de cultivar por todas partes, no sé. Los interiores huelen también de maravilla a velas aromatizadas, a inciensos, a las shishas, que las hay por todas partes y todo el mundo las fuma con gesto de deleite... Tendré que visitar alguna perfumería en algún mall, seguro que deben ser buenos perfumeros. Trataré de impregnarme del aroma del lugar.

Curiosidades de la fauna: no he visto ni una mosca... yo creo que con la temperatura del agua del mar... ¡ni las medusas se atreven a arribar a estos lares! Pero, eso sí, las hormigas son unas yihadistas de la leche!!! La madre que las parió!!! Hecha un colador me tienen!!!.

lunes, 14 de julio de 2014

Reseña de "La Cultura para el que la digiera" de Miguel Albandoz. (Véase que hasta la PERRA QUIERE LEERLO!)











¿Quién no se ha preguntado, alguna vez, si es que uno está desubicado/obsoleto, es un perfecto analfabeto o no tiene pastelera idea “DE LO QUE EH LO GÜENO-GÜENO, de verdad-de verdad, Mari, te lo juro por mi muro”?

Pues Miguel Albandoz, como un mortal más, se lo ha debido preguntar en más de una ocasión y se ha vestido "de luces", como un valiente torero, para llamar a las cosas por su nombre, corriendo el peligro de que lo tachen de políticamente incorrecto y que, a partir de este momento, sea excluido de muchas conversaciones de salón.

Y, como un kamikaze, se tira en plancha con el cuchillo entre los dientes, para narrarnos la historia de un “Anselmo” de la vida, un ser “Igual” a todos los del montón, un humano muy "normalito y corrientucho" que sueña con ser un novelista de prestigio, fama y renombre (¡nos ha jorobado! ¡Y yo!) pero no da pie con bola en su Olivetti (o en el papel, o en el Toshiba). Y, (un mal muy común en nuestros días), a pesar de haberse licenciado en Periodismo, “corre la suerte” de haber encontrado empleo como vigilante del Museo De Arte Muy Moderno:

Hay que joderse con el arte moderno. Al Andru este se le cae un poquito de pintura sobre la tela y, en lugar de limpiarla o aprovecharla para pintar un cuadro en condiciones, le pone un marco y a correr”.

¡Y da en el clavo! Porque, el autor, que de tonto no tiene un pelo, logra desde la página 9 (que es donde comienza el primer capítulo) que el lector empatice con el protagonista. Y no sólo con él, sino con el narrador que actúa, interactúa, opina y no deja títere con cabeza.

Los “tecnicistas” tal vez echen de menos un narrador omnisciente y lo critiquen negativamente. Servidora no, ¡en absoluto! Ya me inventé a Serena de Brie en mis primeras dos novelas para que “metiera las narices” en todo y, en mi tercera, la he matado para darme ese gustazo yo solita.

Este narrador cotilla y metementodo, adicionalmente, mima al lector hasta el punto de hacerle partícipe de la narración:

Podríamos realizar un análisis concienzudo acerca de las causas de su angustia, pero lo resumiremos en tres palabras: miedo a chafarla.”

Podríamos exponer más ejemplos, pero convendrá retomar el hilo de nuestro relato antes de convertirlo en un verdadero dramón.”

Emprendió un recorrido mental por su época universitaria y entonces, como si su subconsciente se hubiera hartado de ocultarlo, un horrible recuerdo emergió de las profundidades de su psique y se apoderó de su pensamiento y de nuestro relato.”

El resto de personajes en la historia son la guinda del pastel para dar lugar al enredo y que se provoquen situaciones delirantes, caricaturescas y tan extravagantes como hilarantes:

ü Azucena, encantadora joven guapa (y, además, lista) que en cuanto se tropieza (y nunca mejor dicho) con nuestro tímido Anselmo, le deja totalmente noqueado y enganchado hasta las cejas.
ü La prima de ésta y su ex… (¡Tela tiene el Mamerto!)
ü El director de ambos en el Museo, su parienta, su suegro…
ü Y el Club de Amantes de la Cultura Selecta.

Y, como si hubiera creado la receta de la creación de un best seller, Albandoz, nos presenta los ingredientes:

*  250 grs. de amor y romanticismo;
*  250 grs. de misterio (que también lo hay);
*  250 grs. tanto de héroes como villanos, con un punto de familiaridad
(Vamos, que los malos también te caen bien y tienen su je ne sais quoi).
* Y 250 grs. de ambientación cinematográfica. (Si Almodóvar, Álex de la Iglesia, Juanma Bajo Ulloa y Garci, entre otros, no se animaaaan… casi estoy por hacerlo yo)

Modo de preparación: Se bate la mezcla con 258 páginas de risa (de la primera a la última) y se deja reposar, no muy lejos de los que tengan deficiencia de serotonina pero tampoco muy al alcance de los niños (no vaya a ser peor, queeee, el mío ya me lo ha pedido repetidas veces de tanto que me ha visto despiezarme en carcajadas. De hecho, él mismo ha fotografiado la imagen colgada en esta entrada)

En cuanto a su estilo, pues me repetiré porque ya leí su primera novela “Tengo ganas de morirme para ver qué cara pongo” y me dejó entusiasmada. Tengo que prevenirle, eso sí, que se ha dejado el listón muy alto (¡A ver qué se inventa para la próxima):

Miguel Albandoz denota maestría con su riqueza de vocabulario y su cultura (ya sé, ya sé, será para el que la digiera pero no todos hemos degustado ese plato) y sigue teniendo muchísima gracia con sus comparaciones, tales como:

“Una de esas bellezas que hacen que los bizcos descrucen la mirada a su paso.”

“caminaba tan ensimismado que hasta un artrítico con las manos enfundadas en guantes de boxeo podría haberle dejado sin paraguas, sin dinero y sin calcetines.”

“Si la conciencia ecológica desprendiera calor en la coronilla de Mamerto se podrían freír patatas.”

“Se produjo en su rostro un resplandor rojo de tal intensidad que los vehículos que circulaban a esa hora junto a la universidad se pararon a esperar la luz verde.”

“Cualquier investigador del National Geografic daría una oreja por toparse con semejante espécimen en un claro del bosque.”

¡Vaya, que, en mi humilde opinión, conocer su obra ha sido todo un acierto! No os digo más que no muchos autores pueden afirmar que yo haya leído dos libros seguidos con el mismo nombre, bajo el título.

Insisto: Y con ello, TRIPITO mi último párrafo en mi anterior reseña: Quevedo, Lope de Vega, Shakespeare, Arniches, Jardiel Poncela, Muñoz Seca, Antonio Lara (Tono)... MURIERON y a Eduardo Mendoza LE DUELE LA CABEZA, ¡¡NOS QUEDA MIGUEL ALBANDOZ!!

sábado, 5 de julio de 2014

LA VIDA NOS MANDA SEÑALES TODOS LOS DÍAS

Unos lo llaman 'destino', otros 'Dios'.
También lo denominan 'universo' o 'naturaleza'.
Yo lo llamo 'VIDA'.
Y la vida nos manda señales todos los días.
Sólo hay que prestar atención y saber interpretarlas.
Ir contra-natura es contradecirlas.”

©Miriam Lavilla - 2014

Ya en 2007, cuando escribí “Aceptamos marido como animal de compañía” hablé de ello. Hoy vuelvo a confirmarlo releyendo:

“Estoy convencida de que la vida nos muestra muchas veces el camino que debemos seguir a través de escenas que pone ante nuestros ojos y en las que somos incapaces de reconocer una revelación. Las observamos y las encontramos de lo más cotidianas, sin analizarlas como se debiera.

El otro día fui a pasear al monte con mi perro. Nos encontramos con una cabra cuyos cuernos se habían quedado atrapados en una alambrada que separaba el monte de la carretera.

Fui a por mis herramientas y, con mucho esfuerzo, logré cortar la alambrada y dejar libre a la pobre cabra que me miraba con ojos aterrados (sobre todo a los alicates).

La cabra, lamentablemente, quedó al otro lado de la red, es decir, en la parte de la carretera. Chillé, corrí tras ella, intenté sostenerla por los cuernos y arrastrarla hacia el monte, animé a mi perro a que la asustara, me dio una hermosa coz y acabé de bruces contra el barro. Nada. Me quité el jersey y comencé a torearla:

—¡Accca, uuuuu! ¡Accca! —Pero la cabra se dirigía derechita a la calzada.

Me metí en el coche y empecé a pitar con furia. La cabra me miró con aires de superioridad (le faltó sacarme la lengua) y siguió su camino tan contenta hacia la autovía.

Yo quise ayudar a la cabra, eso está claro, pero ¿Y LA CABRA? ¿QUERÍA LA CABRA MI AYUDA?

La segunda visión fue en la óptica el día que fui a graduarme las gafas. Allí había una señora de unos setenta años acompañada de la que parecía ser su nieta. Yo, lógicamente, no presté la menor atención ni a la señora ni a la chica, y me dediqué a lo que había ido a hacer. De repente, la abuela comenzó a dar saltos de alegría:

—¡Qué maravilla! ¡Qué bien veo! Parece mentira que haya podido manejarme sin ellas.

Llevaba unas gafas puestas, así que me pareció de lo más normal. Pero la joven que la acompañaba estaba muy sonrojada y las dependientas se mordían los labios para evitar echarse a reír descaradamente. Cuál no fue mi sorpresa, al mirar con más atención, cuando me percaté de que la pobre mujer sólo se estaba probando una moldura sin cristal.

¿Te das cuenta? Nos quejamos de que no hacemos más que estamparnos contra las farolas porque no las vemos. Pero, en realidad, lo que ocurre es que sólo vemos lo que queremos ver.

Mi tercera visión fue en el metro. Una mujer madura entró en el mismo vagón que un joven que llevaba una barra de cortina. La carcajada general fue tan escandalosa que interrumpió mi lectura.

Observé todo cuanto estaba a mi alrededor, tratando de comprender qué hacía tanta gracia, hasta que reparé en que la buena mujer se había sujetado a la barra que llevaba el muchacho pensando que era el asidero del vagón, y el pobre chico (rojo como un tomate) se esforzaba en mantenerla erguida, para evitar que la dama se rompiera las narices contra el suelo.


¡Y es que no miramos por dónde vamos!, y nos agarramos a cualquier cosa con la intención de encontrar nuestra estabilidad.”

jueves, 5 de junio de 2014

"SIEMPRE" no es tanto tiempo.

Durante las últimas semanas no se movía de su camita.
Cuando le enseñaba su collar y su correa, apenas me miraba.
Comía y bebía poquísimo para no levantarse. En muchas ocasiones era yo quien le llevaba la comida o la bebida a la boca.

Y, una vez en la calle (con lo que le gustaba pasear), daba dos pasitos, se paraba en seco y me contemplaba como preguntándome: "¿Qué hacemos aquí?".

La mayor parte del paseo (que duraba más que nunca) lo daba con él en brazos.

Los vecinos (era "Simón el Simpaticón" del barrio) me miraban compasivos. Ya habían muerto todos sus amiguitos hacía tiempo: Pirulo, Edén, Tango, Malcolm, Milo, las dos Lunas, Rocky, Edém, Duquesa, Pizca, Kiko, Chispa…

—¿Qué? ...la artrosis? —Me preguntaba alguno de ellos.

—No sé yo… —Pretendía bromear mientras sonreía agradecida— Me parece a mí que ya me puedo ir haciendo a la ideaaa… porque a éste le faltan dos telediarios.

Ayer, en el último paseo de las ocho y media, apenas se alejó un metro del portal.

—¡Ay, Thor! ¿Dónde quieres ir, Pichón?

—…—Me miró. Tanto y tan insistentemente que pensé que me había escuchado (ya estaba sordo perdido y con unas cataratas de vértigo). Se dio media vuelta y se dirigió al portal, de nuevo, lentamente.

¡Al carajo con el paseo! No me daba la gana de forzarlo. De hecho, toda su vida ha sido el niño mimado de mamá y le he consentido todo. Sinceramente: era el perro más malcriado de la tierra.

Me senté en el ordenador para colgaros la chorrada del día en Facebook. Aún estaba pensando en cual yyyy, de repente, se levantó con la intención de venir hacia mí. Como si le faltara pronunciar, con todas las letras, mi nombre. Como si tratara de correr a mi encuentro para pedir ayuda.

Sus patitas dejaron de sostenerlo, venciéndose. Parecía que su cuerpo se hubiera convertido, de repente, en gelatina. Se deshizo a medio metro de distancia.

Si me hubieran puesto un petardo en la silla no me hubiese levantado más rápido. Lo tomé en mis brazos y empecé a saltar y chillar:

—No me hagas esto, por favor, te lo suplico. —Presioné su pecho, corrí a la ducha, lo metí bajo el agua fría pero seguía como un muñeco de trapo.

—¡No, por favor, no por favor, mírame, mírame! —Tomé el bolso con él, enrollado en una toalla, en mis brazos. Salí pitando al ascensor mientras seguía llamando su atención. Iba a llevarlo a un veterinario, ¡al que fuera! ¡al que estuviera más cerca!

Cuando presioné el botón, me miró a los ojos. Os juro que no hizo falta que hablara. Entendí perfectamente que me decía en un hilo de voz: “Me voy. Me estoy yendo.

El ascensor no había alcanzado mi piso aún y giré sobre mis pasos, con toda la calma del mundo, tanta que hasta me asustó:  —Está bien, cariño. Está bien. Vamos a casa. Esto vamos a pasarlo los dos juntos.Abrí de nuevo, la puerta, colgué mi bolso en el perchero y me senté en mi mecedora con él apretado contra mi pecho.

Mientras me mecía, lo besaba, no paraba de decirle lo mucho que lo quería:Sí, mi vida, soy yo, mi bebé. Estoy aquí. No te voy a dejar solo. Ni por un segundo.
—Te quiero, te quiero, te quiero, te quiero… Gracias por haberme hecho tan feliz, por haberme acompañado siempre, las veinticuatro horas del día, por haber nacido, por despedirte de mí, por elegirme para marcharte... para dejarte ir.

No sé como no podía llorar. Supongo que Dios (sí, Dios, porque soy creyente) en estos momentos te inyecta una sobredosis de valentía, fortaleza, energía, ¿resignación?... no lo sé. De lo que estoy segura es que se trata de una auto-defensa. Algunos lo llaman supervivencia.

Estuve hablándole y besándolo, mientras sostenía su patita, sin dejar de mecerme, hasta las 9 y tres minutos en que su llamita se apagó.

Los únicos latidos que notaba en mi pecho eran los míos y sus ojitos permanecían clavados en las niñas de los míos pero presentí que ya no podían verme.

Me levanté con él en brazos, llamé por Skype a Jaime. Él, sólo él, era el único que podía entender como me sentía. Y vivir de auténtico modo la experiencia.

Continué hablando con voz pausada, sin permitir que mi voz se quebrara en ningún momento.

Luego llamé a mi hermana. Estaba con mi madre en la tienda y me dijo que me la pasaba. Le supliqué que no lo hiciera, no fuera a ser que se le ocurriera llamarme mema. Nadie entiende estas cosas. Este amor incondicional por un animal. Pero cuando se puso al teléfono ¡Estaba llorando! ¡Cómo agradecí sus lágrimas! Siempre digo que, para "suegra", ya tengo a mi madre. De hecho, mi suegra es una bendita.

No era extraño que lo pensara. Nunca me dejaron tener un perro en casa. Fue de las primeras cosas que hice al abandonar la casa paterna. Me había pasado mi infancia inventándome un amigo imaginario al que llamaba Napoleón y paseaba con una lata (o cualquier otra cosa) arrastrada de una cuerda. O, sentadita en la escalera de la Calle Bordadores 9, tomándome platitos de pan rallado y azúcar, con Winston, la perra de nuestros vecinos Carmen y Pepe.

No me aparté de él hasta que llegó el señor de la incineradora a recogerlo. Se lo llevó en una bolsita negra, con sus datos en una etiqueta, que cerró y blindó. En menos de dos días me traerían sus cenizas.

Él era un ser libre, Acuario, como yo. De hecho, nacimos el mismo día. Le gustará disfrutar de su paseo eterno en el camino de La Horizontal de El Escorial. Puede que hasta le lleve a la playa de Pontedeume… o al Grove… a San Vicente de la Barquera... o a Jalón, en Alicante. A la nieve de Astún o Candanchú, a la de Andorra, a la de Sierra Nevada... ¿A los lagos de Enol? ¡Cómo disfrutó aquel día!

Luego me senté, de nuevo, ante la pantalla del ordenador. Y empecé a hacer el vídeo. Tenía que hablar con él por última vez:

Gracias por haber cumplido mis sueños de infancia.
Por convertir en carne y pelo, esa lata que yo arrastraba de una cuerda.
Por haberme enamorado desde el primer segundo en que te vi.
Por existir…
por haber irrumpido en mi camino…
condicionando mi vida…
¡poniéndola patas arriba!
Gracias por la risa.
Gracias por correr a nuestro encuentro.
Gracias por estar siempre ahí.
Por sentirme escuchada.
Por velar por nosotros.
Por hacer dulce la espera.
Por hacer sentirnos siempre en casa,
por lejos que estuviéramos.
Por acompañarnos en los mejores momentos.
Por formar parte de la familia.
Por tener tanta paciencia.
Por adorar lo que nosotros amamos.
Por acompañarnos en nuestros juegos
y en nuestras locuras.
Por hacerme sentir tan especial.
Por regalarme un sol de invierno.
Por soportar nuestras bromas pesadas.
Por tantos y tantos recuerdos inolvidables.
Por mirarme como si fuera una divinidad griega.
¡Por quererme tanto!
Por instalarte, como inquilino,
para siempre, en mi corazón.
Duerme, ángel mío,
al arrullo de mis latidos,
en la orilla de mi alma.

Elegí el Requiem de Andrew Lloyd Weber, exquisitamente acompañado por las voces de Sarah Brightman y Charlotte Church. Una vez la acabé, me puse a berrear como una loca en cuanto lo vi, en la pantalla, moverse y observándome como sólo él lo hacía. ¡Y sus sonrisas!

¡Porque él sabía sonreír!

La verdad, me sentí liberada. Hacía muchos años que no derramaba cataratas de agua salada. Y siempre pensé que las lágrimas no solo reconfortan, sino que fortalecen. De vez en cuando, viene estupendamente lagrimar con toda el alma, no con un sufrimiento mudo. Sostenerse el estómago y gritar tu dolor. Es como una sana carcajada, como una risa, muy triste pero, a fin de cuentas, un sentimiento. Y a esos es mejor ni obviarlos ni enterrarlos.

Y el día se sucedió así: ahora lloro, ahora vuelvo a permanecer serena, ahora vuelvo a llorar y vuelvo a sonreír y a seguir la broma pesada de esta vida…

Hoy, en cuanto he abierto los ojos, una angustia se ha apoderado de la boca de mi estómago y he vuelto a llorar. Lo malo es que no dejo de hacerlo. He leído todos vuestros comentarios en el Facebook, cada palabra, cada letra, cada espacio, cada coma… y os he agradecido mucho vuestras condolencias.

Ayer decidí “bajarme del mundo” por un solo día pero éste no se para sólo por mí. No cesa ni espera. Ahora voy a tener que correr para subirme en la próxima estación. Así que voy a ducharme y a preparar mi petate. Cada vez es más pesado.

Hay cristianos que dicen que no habrá bebés, niños o animales en el cielo. Pues la verdad, si fuera así: ¿quién querría ir allí?, si precisamente yo siempre pensé que ellos eran quienes estaban más próximos a Dios.


Si me aseguran que no voy a volver a ver a mi chiquitín, ¡leche, que me lleve Mandinga! Pero estoy segura de que Alberto habrá ido a recogerlo y lo cuidará bien, le tirará palos para que Thor cabalgue a recogerlos, jugará con él y lo mantendrá a buen recaudo hasta que yo me reúna con ellos para siempre que, a fin de cuentas, no es tanto tiempo.https://www.youtube.com/watch?v=HVljUOsPPfc


©2014 Miriam Lavilla Muñoz

miércoles, 28 de mayo de 2014

¿Dónde podéis encontrar "ACEPTAMOS LAGARTA COMO PRINCESA DE CUENTO"?


EN TODA ESPAÑA, en Librerías de AGAPEA; librerías NOBEL y Librerías LER

BARCELONA:
Librería Hispano Americana: Gran Vía de les Corts Catalanes, 594
Librería ALIBRI en Carrer de Balmes, 26, 08007
La font de Mirmir

CÁDIZ:
San Fernando: C.C Bahía Sur, C/ Caño Herrera

GRANADA:
C/ Emperatriz Eugenia, 10

MADRID:
Librería LÉ en paseo de la Castellana

MÁLAGA:
Teatinos Av. Doctor Manuel Domínguez, 6.-
Librería Proteo
Centro: Centro de Arte Contemporáneo, C/ Alemania

PALMA DE MALLORCA:
C/ Marqués de Fontsanta, 6

STA. CRUZ DE TENERIFE:
Av. Tres de Mayo, 71

TOLEDO
Librería SANTOS OCHOA y
Librería TAIGA (en centro commercial)

VALENCIA:
Librería SORIANO